Ningún inmigrante es ilegal | Juan Salvador Miranda | Opinión

Ningún inmigrante es ilegal | Juan Salvador Miranda | Opinión


“Maldita sea la exitosa dictadura del miedo, que nos obliga a creer que la realidad es intocable y que la solidaridad es una enfermedad mortal, porque el prójimo es siempre una amenaza y nunca una promesa.” — Eduardo Galeano

La «dictadura del miedo» que denunció Galeano ha mutado en una estructura global de represión. Hoy, el mundo es una olla a presión donde la solidaridad es perseguida y la disidencia es tratada como un enemigo de guerra.

Desde las megacárceles de Bukele, diseñadas para sepultar cualquier forma de disidencia bajo el cemento del control absoluto, hasta la «guardia imperial» del ICE en EE. UU. —que bajo la sombra de Trump ha extendido su violencia incluso contra ciudadanos defensores de derechos humanos—, el mensaje es claro: el control está por encima de la dignidad. Se construyen muros y celdas gigantescas para encerrar no solo cuerpos, sino la esperanza de que otra realidad sea posible.

Sin embargo, detrás de este despliegue de fuerza se esconde una hipocresía rentable. En nuestro país, el inmigrante es atrapado en una doble pinza: por un lado, la población es inducida a verlo como una amenaza y se le denigra; por el otro, los dueños del país lo necesitan como mano de obra barata. Se les necesita para producir y sostener los privilegios de unos pocos, pero se les prefiere «ilegales» para que el miedo a la deportación los mantenga dóciles y sin derechos.

Este discurso no es casual. Ha sido instalado por políticos que utilizan al migrante como chivo expiatorio y es amplificado por los medios de comunicación, que venden el pánico como noticia diaria. Mientras convencen al ciudadano de a pie de que el peligro es quien llega a trabajar, el sistema se lucra con su precariedad.

Ante este escenario, afirmar que «ningún ser humano es ilegal» no es solo una corrección política, es un grito de resistencia. Rechazamos esa etiqueta porque es la herramienta semántica que justifica los campos de concentración modernos y la deshumanización del prójimo. Migrar es un derecho; criminalizarlo para explotar mejor al ser humano es el síntoma de un sistema que prefiere el odio antes que la promesa de un mundo compartido.