Humanidad castigada | Carolina Guzmán Navarro | Opinión

Humanidad castigada | Carolina Guzmán Navarro | Opinión

HUMANIDAD CASTIGADA.

Carolina Guzmán Navarro

Hay pueblos que hacen de la solidaridad una práctica cotidiana, no un eslogan. Cuba es uno de ellos. Durante décadas, mientras cargaba con sus propias carencias, envió médicos donde no llegaba nadie, alfabetizadores a territorios olvidados y brigadas solidarias a zonas golpeadas por terremotos, epidemias y guerras. No preguntó por ideología, religión ni color de piel. Fue —y sigue siendo— una solidaridad concreta, humana, incómoda para quienes creen que la ayuda es un instrumento de dominación.

Esa trayectoria explica, en parte, la crudeza del castigo que hoy pesa sobre el pueblo cubano. El bloqueo impuesto por Estados Unidos no es solo una política exterior: es una forma prolongada de sanción colectiva. Un castigo que no distingue entre gobierno y ciudadanos. Es la negación sistemática del derecho a desarrollarse, a comerciar, a acceder en igualdad de condiciones a medicamentos, alimentos y energía.

En su reciente recrudecimiento, bajo el gobierno de Donald Trump, el bloqueo ha vuelto a mostrar su rostro más descarnado. No se trata solo de sanciones económicas tradicionales, sino de una lógica de asfixia: sanciones extraterritoriales, amenazas a terceros países, restricciones energéticas deliberadas. Medidas que no buscan diálogo ni reformas, sino desgaste social. Hambre como presión política. Oscuridad como herramienta diplomática.

Lo que subyace a esta política es una intolerancia ideológica profunda. La idea de que un país no tiene derecho a elegir un camino distinto, y que esa “desobediencia” debe pagarse caro. No es democracia lo que se defiende con sanciones; es hegemonía. Y cuando la hegemonía se impone castigando a un pueblo entero, deja de ser política y se convierte en crueldad.

Las consecuencias no son abstractas. Se expresan en hospitales con dificultades para acceder a insumos, en familias que ven encarecerse los alimentos, en apagones que paralizan la vida cotidiana. Lo han señalado reiteradamente organismos internacionales y la propia Organización de las Naciones Unidas, que año tras año condena este bloqueo de forma casi unánime.

Resulta profundamente contradictorio —por no decir hipócrita— que un país que ha ofrecido solidaridad médica a más de un centenar de naciones sea castigado precisamente por sostener un proyecto soberano. Que mientras médicos cubanos han salvado vidas en África, América Latina y Europa, su propio pueblo sea privado de condiciones básicas por razones políticas.

Esta no es una defensa acrítica de un gobierno. Es una defensa elemental de la humanidad. Porque ninguna diferencia ideológica justifica el castigo colectivo. Porque la solidaridad no debiera pagarse con aislamiento. Y porque la dignidad de un pueblo no puede seguir siendo moneda de cambio en disputas de poder.

La historia juzga con distancia, pero también con claridad. Y todo indica que este bloqueo —prolongado, endurecido y cruel— será recordado no como un acto de firmeza, sino como una muestra de intolerancia. Frente a ello, la solidaridad cubana, silenciosa y persistente, seguirá siendo una de las lecciones morales más incómodas de nuestro tiempo.

*Carolina Guzmán Navarro  

Mg. Educación Pontificia Universidad Católica de Chile

Profesora de Historia y Geografía U. de Playa Ancha Ciencias de la Educación