El fuego sagrado no se apaga: Crónica de una noche con AC/DC | Juan Salvador Miranda
Ver a AC/DC fue, literalmente, como volver a casa. Los escucho desde que tengo memoria y, aunque los años pasen y uno ya no sea el mismo, hay algo que no se negocia: el espíritu rockero. Fue uno de esos momentos mágicos que te refrescan la memoria y te recuerdan exactamente por qué amas esta música.
El viaje para estar ahí no fue menor. Cruzar el mapa desde Magallanes —como lo hicimos tantos otros coterráneos que emprendimos la travesía desde el extremo sur— le añadió una mística de peregrinaje al evento. No era solo ir a un concierto; era cumplir con un rito que justificaba cada kilómetro recorrido.
La previa estuvo a la altura. Los magallánicos de Hielo Negro jugaron de locales en mi corazón, encendiendo los motores con su rock pesado y directo, seguidos por una The Pretty Reckless arrolladora. Taylor Momsen se encargó de mantener el fuego sagrado en alto, preparando el terreno de forma impecable para lo que venía.
Cuando AC/DC pisó el escenario del Parque del Estadio Nacional, el tiempo se detuvo. Se despacharon un setlist de 22 temas que repasó toda su historia sin respiro. Lo de Angus Young es de otro planeta: se mandó un solo de 12 minutos con una energía que ya quisiera uno de veinte. Y ahí estaba Brian Johnson, firme a sus 78 años, demostrando que la voz del rock sigue intacta.
Muchos dicen que el rock murió, pero se nota que no estuvieron ahí. Ver a abuelos, padres, hijos y nietos vibrando juntos fue la prueba definitiva de que esta llama es intergeneracional. Quizás sonó a despedida, pero si este fue el adiós, se fueron dejando la consigna más clara que nunca: el rock está más vivo que nunca.

