La aritmética del caos | Juan Salvador Miranda | Opinión

La aritmética del caos | Juan Salvador Miranda | Opinión

Es el fin del mundo tal como lo conocemos. REM

El escenario actual no es un agujero en el camino; es un colapso sistémico en toda regla. No estamos ante una crisis que se solucione con parches diplomáticos, sino ante el suelo mismo desmoronándose bajo nuestros pies. Se han roto los cimientos energéticos de Occidente y reconstruir la infraestructura de petróleo y gas no es cuestión de decretos, sino de años de trabajo técnico que ya no tenemos.

A este escenario se suma un liderazgo que parece acelerar el incendio. En este contexto, Donald Trump surge como la imagen actual de Rómulo Augústulo, el último emperador que vio cómo las insignias imperiales abandonaban Roma. Al igual que en aquel entonces, tenemos un liderazgo que no considera a las futuras generaciones; simplemente no importa lo que quede cuando él ya no esté.

La sensación de impunidad es lo más peligroso: no hay frenos, no hay nadie que diga «¡basta!». Estados Unidos es hoy el reflejo de la Roma antes de su caída. Al parecer, la historia se repite pasando siglos, solo que, con diferentes nombres, rostros y banderas, pero con la misma decadencia institucional y moral.

Muchos se distraen con los ataques mediáticos a las refinerías, pero el verdadero peligro de muerte está en el golpe a la producción. Si el crudo y el gas no salen de la tierra, las refinerías son solo monumentos de hierro viejo. Esto genera un efecto dominó que aniquila lo básico para la vida:

El combustible: El transporte se detiene y la economía se congela, los fertilizantes: Sin gas natural, el rendimiento agrícola cae en picado, y los alimentos: La escasez de abonos se traduce en estanterías vacías y precios imposibles.

Aquí es donde la realidad muerde con una ironía amarga. Los gobiernos occidentales, actuando muchas veces como lacayos de agendas externas y del régimen israelí, siempre han fantaseado con que el colapso y el «cambio de gobierno» ocurrirían en lugares como Irán. Pero el tiro les está saliendo por la culata.

Mientras proyectaban crisis ajenas, han cocinado la suya propia. Los cambios de gobierno se verán en los países occidentales en cuanto la crisis alimentaria y económica avive el descontento masivo. Cuando el hambre aprieta, el discurso político se vuelve papel mojado.

Estamos entrando de lleno en la era del racionamiento y las protestas masivas. Es aritmética pura: sin energía abundante y barata, el contrato social se rompe. El ciudadano medio no aceptará el hambre mientras observa cómo sus líderes priorizan alianzas geopolíticas y figuras que solo piensan en su beneficio inmediato.

El colapso de Occidente es el destino lógico de quienes olvidaron la fragilidad de nuestra sociedad, de quienes no se dieron cuenta de que el gasto de los gobiernos nunca se reflejó en los ciudadanos, estamos frente a la caída del imperio romano en cámara lenta.