El rastro invisible del «oro rosado»: La deuda plástica de las salmoneras en Magallanes | Juan Salvador Miranda | Opinión
Magallanes tiene una belleza que te vuela la cabeza. Sus fiordos, canales y esas costas indómitas te hacen sentir que estás en uno de los últimos rincones verdaderamente puros del planeta. Pero seamos honestos: cualquiera que haya caminado por las playas más aisladas de Última Esperanza o navegado por los canales de la reserva Kawésqar sabe que esa pureza ya es un espejismo. Hoy, el paisaje salvaje tiene que compartir espacio con un invitado de piedra que nadie invitó: la basura de la industria salmonera.
Siempre nos han vendido el crecimiento de la acuicultura como el gran motor del desarrollo y el empleo en la región. Y sí, es verdad que los números macroeconómicos brillan tanto como las escamas de ese «oro rosado» en los mercados internacionales. El gran problema es que las ganancias se van afuera, pero el costo ambiental se está quedando varado en nuestras costas.
Cualquiera que recorra la zona o se sume a una limpieza de playas se topa siempre con el mismo catálogo de terror industrial: boyas de plumavit que se deshacen en miles de microplásticos imposibles de agarrar, pedazos de redes, tuberías gigantes de plástico negro, cabos de todos los grosores imaginables y bidones de químicos. Esto no es la colilla de cigarro o la botella que se le cayó a un turista descuidado; es basura industrial, pesada, diseñada para durar siglos desafiando a la naturaleza.
Lo peor de todo no es solo el golpe a la vista —que ya destruye el turismo y nuestro patrimonio—. El verdadero peligro es silencioso.
Esos plásticos, expuestos al sol, al viento blanco y al oleaje magallánico, no desaparecen: se desarman. Se transforman en microplásticos que se meten en la cadena alimentaria de la fauna marina, desde el krill hasta las ballenas que visitan nuestros canales. Y adivinen qué: terminan también en los platos de comida de las familias de la región.
Cada vez que se les cuestiona, las empresas saltan con el mismo libreto: que cumplen las normas, que organizan campañas de limpieza y que los temporales —siempre imprevisibles— les desarman las estructuras. Pero la cantidad de basura que flota y se acumula demuestra que sus planes de contingencia no dan el ancho y que, en el fondo, la responsabilidad ambiental les pesa. Ir a limpiar una playa una vez al año para sacarse la foto de la memoria corporativa no compensa el desastre que generan día a día.
Magallanes no puede convertirse en el vertedero de un sector que se echa miles de millones de dólares al bolsillo. Si las salmoneras tienen la tecnología y la plata para instalar jaulas en los lugares más remotos y hostiles del mapa, tienen que tener la misma capacidad —y la obligación ética— de llevarse hasta el último gramo de sus desechos.
Necesitamos una fiscalización estatal que de verdad muerda, donde las multas dejen de ser un «monto mínimo» que las empresas pagan como si fuera un costo de producción más. La comunidad tiene que seguir metiendo ruido. El progreso de la región no puede construirse destruyendo lo mejor que tenemos: nuestra naturaleza indómita. Al final del día, cuando los ciclos económicos cambien, las salmoneras van a armar sus maletas y mover sus capitales a otro lado. Los magallánicos, en cambio, nos vamos a quedar acá, respirando el viento del sur y, lamentablemente, limpiando su mugre.

