Ministras que caen, problemas que quedan | Juan Marco Henríquez | Opinión

Ministras que caen, problemas que quedan | Juan Marco Henríquez | Opinión


En palabras de Mara Sedini: «El primer acto de corrupción es asumir un cargo para el cual no se está preparado. Hoy día es incapaz de gestionar el ministerio que tiene a su cargo. Por favor, un poco de autocrítica». Son palabras que hoy, luego que el cargo le quedó como poncho, le retornan como boomerang. El presidente Kast, sin sorprender a nadie, en apenas 69 días, decidió hacer un cambio ministerial y sacar a las dos ministras peor evaluadas del gobierno, Sedini y Steinert.

Recordemos que este gobierno arrancó como un torbellino. En sus primeras semanas acumuló anuncios, decretos y señales de urgencia que generaron una expectativa enorme en quienes lo votaron y una atención sostenida en quienes no lo hicieron. El gabinete fue diseñado para enfrentar una «emergencia nacional» simultánea en seguridad, economía y cohesión social, y esa ambición inicial elevó las expectativas a un nivel que pocos gobiernos podrían sostener. El problema es que cuando el torbellino amainó, lo que quedó visible no fueron los resultados, sino los vacíos. Las grandes promesas de campaña empezaron a evaluarse como letra muerta (metáforas, le dicen ahora). La urgencia del arranque no se tradujo en soluciones concretas y la ciudadanía que había creído en el cambio comenzó a hacer preguntas que el gobierno no sabía responder.

El presidente Kast armó su primer gabinete disponiendo de amistades y personas con afinidad ideológica, mayoritariamente sin militancia política y sin experiencia en gestión pública. El resultado era esperable: ministerios que no funcionan, autoridades que no conocen sus carteras y equipos que no logran traducir las intenciones presidenciales en políticas concretas. Prontamente llegaron los errores, y los ministros independientes quedaron expuestos a las críticas sin que nadie los defendiera o blindara, y de paso, el gobierno también. Es un error de diseño que no se corrige solo cambiando las personas.

La ciudadanía ha visto con preocupación cómo este gobierno ha ido acumulando errores que cualquier persona con experiencia en gestión pública habría evitado. No hablo de diferencias ideológicas, que las hay y son profundas. Hablo de algo más concreto: de la capacidad de administrar el Estado con seriedad, con coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Para el gobierno de Kast la única prioridad parece ser generar mejores condiciones para los más ricos, posponiendo temas como la seguridad o la migración. En ese escenario, dos ministras quedaron particularmente expuestas y cuestionadas.

La Contraloría General de la República dejó constancia de dos episodios que marcaron el destino de las ministras. A Mara Sedini le objetó el uso del concepto de quiebra y le ordenó instruir un sumario. Además, sus constantes intervenciones públicas la dejaron en entredicho debido a un mal manejo político y técnico en una cartera que debía proyectar solidez y precisión. A Trinidad Steinert la Contraloría le cuestionó un oficio del 13 de marzo (a dos días de asumir) en el que intervino en una investigación en curso de la Fiscalía, cruzando una línea que las autoridades del Ejecutivo no deberían cruzar. Dos casos distintos, dos ministerios distintos, pero un mismo patrón: decisiones tomadas sin el rigor que los cargos exigen. La Contraloría no actúa por simpatías políticas y cuando observa es porque algo no cuadra, porque algo se hizo mal. Observaciones graves ante las cuales el presidente tardó en reaccionar.

Sin embargo, el cambio de gabinete no se hace cargo del problema de fondo. Durante la campaña presidencial la seguridad fue el eje central del discurso de Kast. Prometió mano dura, resultados, transformaciones concretas. La gente que vive con miedo en sus barrios, que sufre la delincuencia todos los días, creyó en esa promesa y le dio su voto. Pero la ex ministra Steinert, mientras estuvo al frente de la cartera, pasó sin pena ni gloria ni hubo planes concretos ni recursos asignados con sentido estratégico. Las cifras de criminalidad no mejoraron y las respuestas del gobierno ante las crisis fueron siempre reactivas, nunca preventivas y cuando llegó el momento de rendir cuentas en el Congreso, la ministra desconoció su labor y su responsabilidad política.

Kast, sin asumir ninguna responsabilidad por sus propios errores de diseño o selección del gabinete, convirtió a las ministras en fusibles que se queman y se cambian. No hay ningún reconocimiento a los problemas de conducción, y ejecución. El cambio de gabinete es, en definitiva, una corrección menor a un problema mayor. Cambian las personas, pero no cambia la lógica y sin un cambio de lógica, sin apertura real al diálogo, sin voluntad de gobernar para todos y no solo para los convencidos, este gobierno seguirá moviéndose de crisis en crisis, parchando lo que debería reconstruir desde la base. Por tanto, es esperable que en un gobierno con tantos independientes queden muchos fusibles aún por cambiar.

Un cambio de gabinete a pocos días de la cuenta pública genera una presión extra sobre el gobierno. El presidente tiene que hacer algo más que presentar un balance: tendrá que explicar qué pasó con las promesas incumplidas, cuál es el proyecto de seguridad que reemplaza al que no existió y cómo piensa construir los acuerdos que hasta ahora no ha logrado. La ciudadanía escuchará con más memoria y menos paciencia. Las promesas de campaña ya no pueden ser metáforas ni horizontes lejanos; tienen que ser compromisos con nombre, fecha y responsable. Si la cuenta pública no responde esas preguntas, quedará confirmado lo que muchos ya sospechan: que este cambio de gabinete fue solo eso, un cambio. Mientras tanto los problemas reales siguen exactamente dónde estaban.