Carta al Director | Con el agua hasta el cuello | María Eugenia Díaz

Carta al Director | Con el agua hasta el cuello | María Eugenia Díaz

Lectora, lector, hay una oleada que, de manera silenciosa, está golpeando nuestra región. Y no, no es la fiebre mundialera, la influenza o el alza del costo de la vida. No ocupa titulares con la frecuencia de los delitos, los choques o el contrabando de cigarrillos.

Tampoco se percibe a simple vista en nuestras calles. Esta crisis, sin embargo, ha motivado la creación de mesas de trabajo, la elaboración de estrategias y la movilización de diversas instituciones para enfrentar un fenómeno tan desolador como persistente. Y es que este fin de semana el Servicio de Salud de Magallanes informó que 18 personas han muerto por suicidio en lo que va del año, una cifra que ya casi iguala el total registrado durante todo 2025. Al conocer esto, me surgió una duda inevitable: ¿qué lleva a una persona a percibir la muerte como una solución? Investigando descubrí que, según especialistas, detrás de estos casos suelen confluir factores como un intenso dolor emocional, la falta de herramientas para afrontarlo y una profunda desesperanza respecto del futuro. Imagine un sufrimiento tan abrumador que termine estrechando las alternativas hasta hacer que la muerte aparezca como la única vía posible para sentirse mejor. Aquí hay un punto en el que vale la pena detenerse.

Muchas de estas personas no quieren morir. Lo que buscan es algo con lo que cualquiera de nosotros puede empatizar, simplemente dejar de sufrir. Entonces me pregunté si sería posible intervenir la ecuación. Si con acceso oportuno a atención especializada, acompañamiento profesional y tratamiento adecuado, algunas de estas historias podrían haber tenido un desenlace distinto. Porque, aunque solemos hablar del suicidio como un problema de salud mental, es imposible ignorar que el acceso a esa salud está profundamente marcado por las condiciones materiales pues en Chile una consulta psicológica o psiquiátrica en el sistema privado sigue siendo un «lujo» al que muchas familias simplemente no pueden acceder.

Por supuesto, algunos dirán que la desigualdad no explica por sí sola cada historia, ya que el suicidio es un fenómeno multifactorial. No podría estar más de acuerdo con ellos. Sin embargo, cuando el acceso a herramientas que podrían aliviar el sufrimiento depende del tamaño de la billetera, resulta difícil negar que la desigualdad también puede terminar costando vidas. Y sobre esto, una esperaría que fuese precisamente el Estado quien generara las condiciones para emparejar la cancha. Es decir, que destinara una parte importante de sus recursos a enfrentar un flagelo que cada año cobra más vidas que muchas de las amenazas que suelen monopolizar el debate público.

Pero la realidad parece avanzar en sentido contrario. Recientemente, el Ministerio de Hacienda aplicó un ajuste presupuestario a diversas carteras, entre ellas al Ministerio de Salud, equivalente a una reducción cercana a los 413 mil millones de pesos, alrededor de un 2,5% de su presupuesto. Una cifra que no deja de sorprender considerando el rol preponderante que esta cartera cumple en la vida de todos los chilenos. No pretendo sostener que esta reducción presupuestaria sea la crónica de una muerte anunciada ni que exista una relación directa entre ese recorte y las cifras de suicidio que podamos lamentar en el futuro. Evidentemente, ninguna política pública puede eliminar por completo este fenómeno.

Pero sí parece legítimo preguntarse si reducir recursos puede tensionar aún más un sistema que ya enfrenta importantes brechas de acceso, dificultando que quienes sufren reciban el acompañamiento que requieren a tiempo. Si queremos contener esta oleada que golpea a nuestra región y a nuestro país, necesitaremos construir los diques necesarios para que nadie tenga que enfrentar solo su sufrimiento. Un objetivo que, a mi juicio, difícilmente podremos alcanzar si seguimos reduciendo los recursos disponibles precisamente cuando estamos con el agua hasta el cuello.

María Eugenia Díaz.