Cuando la ignorancia no es un accidente | Juan Marco Henríquez | Opinión

Cuando la ignorancia no es un accidente | Juan Marco Henríquez | Opinión

 Cuando la ignorancia no es un accidente

La ignorancia no siempre nace de la falta de información, también puede surgir de la comodidad de creer en base a prejuicios, del interés por defender privilegios o de la costumbre de no cuestionar las propias ideas. En política, además, se alimenta cuando conviene simplificar la realidad para evitar matices, eludir la evidencia y convertir problemas complejos en propaganda. Considerando ello, ciertas torpezas públicas no siempre son simples errores, sino síntomas de una relación superficial, y a veces hostil, con el conocimiento. Por tanto, la ignorancia no siempre aparece por descuido, a veces se fabrica, se administra y se convierte en una forma de accionar político. Por eso ciertas torpezas públicas no deben leerse como simples errores, sino como síntomas de un interés sin cuestionamiento. Cuando una autoridad confunde un humedal con «lo húmedo», o cuando una ministra evita reconocer que el cambio climático es predominantemente causado por la actividad humana, no estamos frente a lapsus inocente, estamos frente a una cultura política que relativiza la evidencia cuando esta incomoda o no le es conveniente. 

En ese sentido, la confusión entre «humedal» y «húmedo» no es una anécdota menor. Es más bien un símbolo o una evidencia. Sugiere ligereza frente a materias que exigen rigor, y muestra cómo la ignorancia puede presentarse disfrazada de autoridad. Algo similar ocurre cuando la ministra de Medio Ambiente se niega a reconocer o relativiza el origen humano del cambio climático. Se reemplaza el consenso científico por ambigüedad, como si el problema fuera de interpretación y no de responsabilidad. Esa “torpeza” es muy útil para quien quiere gobernar sin someterse al peso de los datos, porque permite transformar hechos en opiniones y obligaciones en dudas. El caso es más grave porque el lenguaje no es un adorno en política. Cuando una autoridad relativiza estos conceptos, no solo comete una imprecisión sino además debilita la base misma de la política pública.

El presidente Kast y su entorno encarnan bien esa lógica. No necesariamente porque cada intervención sea una evidencia, sino porque su estilo político se apoya en una misma matriz: simplificar, descalificar y desplazar el debate desde la evidencia hacia la consigna. Cuando esa ignorancia se combina con un trato frágil del conocimiento el resultado es preocupante. Un liderazgo que no distingue entre precisión técnica y propaganda termina viendo la naturaleza como un obstáculo y la ciencia como una molestia. Y es en esa mirada, que la ignorancia deja de ser carencia para convertirse en un recurso para acceder al poder. Y ahí no molesta hacer el ridículo.

Kast no solo ha gobernado con palabras imprecisas y errores. Las acciones concretas de su gobierno confirman el mismo patrón. El mismo día en que asumió la presidencia, el Ministerio del Medio Ambiente retiró 43 decretos ambientales que estaban en trámite en la Contraloría, frenando en seco la creación de parques nacionales, áreas protegidas en salares altoandinos y normas claves vinculadas al cambio climático, contaminación y biodiversidad. Meses después, 37 de esos decretos siguen sin destino claro. Entre ellos hay siete directamente vinculados a la Ley Marco de Cambio Climático, que obliga a Chile a ser carbono neutral en 2050, y once relacionados con el Servicio de Biodiversidad y Áreas Protegidas, creado en 2023 para garantizar la conservación del territorio. La justificación oficial fue una «auditoría técnica», pero nadie ha explicado qué se revisa, bajo qué criterios ni cuándo termina. Lo que sí se sabe es que esos decretos habían tomado años en elaborarse, habían pasado por consultas indígenas o ciudadanas y tenían aprobación del Consejo de Ministros. Retirarlos el primer día no tiene relación con la auditoría, más bien claramente es una señal política.

A eso se suma lo que incluye el Plan de Reconstrucción Nacional. Entre sus más de cuarenta medidas hay una que permite reubicar concesiones salmoneras sin pasar por el Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental. Greenpeace y otras organizaciones advierten que esto podría abrir ecosistemas prístinos de la Patagonia a la industria sin ningún control previo, permitiendo además que cientos de concesiones que operan al interior de reservas nacionales blanqueen su situación mediante relocalizaciones selectivas. El gobierno lo llama combatir la «permisología», pero sus críticos lo llaman desregulación encubierta bajo el nombre de reconstrucción.

La ignorancia no surge y se impone solo por falta de información, también se produce cuando se decide creer aquello que conviene, aunque no exista evidencia. Es fácil calificar a Kast y muchos de sus seguidores como ignorantes, pero la evidencia señala que algunas veces lo son solo cuando les conviene. El problema es cuando esa conveniencia la usan en materias específicas y van contra los datos. En ese punto, la derecha no actúa desde la inocencia, sino desde una conveniencia política, ya que les permite sostener relatos que le permiten defender intereses, deslegitimar a sus adversarios y evitar responsabilidades. Así, la ignorancia deja de ser un lapsus y se convierte en una elección ideológica; no porque falten datos, sino porque los datos estorban cuando contradicen el proyecto que se quiere imponer.

La conclusión es incómoda, para algunos la ignorancia no es un accidente cuando se vuelve útil para gobernar. Se vuelve estrategia cuando sirve para proteger intereses, esquivar responsabilidades y gobernar desde la propoganda. Por eso, la confusión con un humedal y la negación o ambigüedad frente al cambio climático no son episodios separados, son parte de un mismo problema político. En ambos casos, el desprecio por la precisión termina siendo una forma de desprecio por la realidad.