Escritor Juan Mihovilovich: “Escribir es una pasión libre e insobornable”

Escritor Juan Mihovilovich: “Escribir es una pasión libre e insobornable”
Crédito: Diario Talca.

Tras la publicación de “Síndromes alucinantes”, Juan Mihovilovich revisa su fecunda obra. Mientras, prepara el lanzamiento en croata de “El amor de los caracoles”, en la próxima Feria Internacional del libro de Zagreb (por Mario Rodríguez Órdenes), señala el Diario Talca.

Juan Mihovilovich es una de las figuras relevantes de la narrativa chilena. Según Ramón Díaz Eterovic: “es un hombre destacado en la narrativa chilena. De profesión abogado, ha compartido su actividad literaria con su trabajo de juez”. Avecindado en Linares acaba de publicar “Síndromes alucinantes” (Simplemente Editores, 2026).

Juan, el tiempo pasa inexorablemente, cuando publicó “El Ventanal de la Desolación” el año 1989 lo presentó Antonio Skármeta, ¿qué significó ese espaldarazo?

“Antonio venía llegando de Alemania y ya antes había leído mi novela ‘La última condena’, que fue muy bien recibida por la crítica el año 1983, así que teníamos un punto de contacto epistolar breve, referido a esa novela que le había gustado.  Fue un fuerte respaldo literario, sin duda. Su texto hizo especial mención a que se estaba estructurando un discurso narrativo original, donde más importante que la geografía sería la atmósfera en que se desenvolvían los personajes, para él plagada de situaciones reales e inverosímiles a la vez”.

¿Cómo fueron sus años de formación?

“Cuesta un poco precisarlos, ya que si me remito a la infancia acostumbro a decir que comencé a escribir a los once años poesía, en forma absolutamente solitaria y personal, como suele ocurrir.  Y fue a los 15 años que escribí el cuento ‘El Vuelo’ y presentí que a contar de ese relato mi futuro sería, esencialmente, el de un narrador.  Había leído a tempranísima edad, ocho o nueve años, la novela ‘Genoveva de Brabante’ y sentí que ese mundo de fantasía me atrapaba e imaginé que un día podría escribir algo semejante. Claro, pasaron años para que mi literatura se fuera desarrollando, pero, así como recuerdo esa novela de Cristóbal Smith, también está mi paso por la Biblioteca Municipal de Punta Arenas, a donde acudía regularmente, sea en tiempos libres o como muchas veces en que hice la ‘cimarra’, mientras estudiaba los primeros años en el Instituto Comercial de Punta Arenas. Mi formación se fue consolidando, con ‘El Ventanal de la Desolación’ que agrupa mis cuentos entre los 15 a 26 o 28 años, y más tarde, con la publicación de ‘La última Condena’, supe que ese sería mi territorio definitivo”.

¿Algún profesor releva?

“Claro, en el proceso de formación, en términos de apoyo inicial, rescato a mi profesor de primaria René Cárdenas del Colegio Yugoslavo, un verdadero formador de generaciones.  Y en Linares a mi profesora de Castellano, Gabriela Corsini, del Instituto Politécnico, que siempre leyó mis cuentos y me incentivó a seguir escribiendo. Sin perjuicio de otro gran maestro que, si bien no me hizo clases, gocé de su amistad, René Ariste Rojas de Linares, lector empedernido y que escribiera un ensayo larguísimo sobre mi novela ‘Sus desnudos pies sobre la nieve’ en los años 90 y a quien dediqué ‘’El contagio de la locura’ el 2005. Más tarde, ya en la Universidad de Concepción tuve la suerte de conocer alrededor del año 75 a un gran amigo, un periodista de excepción, Pacián Martínez E., quien me apoyó permanentemente, siendo el primero que me entrevistó, en esa época para el Diario El Sur.  De hecho, como aspecto anecdótico, en su departamento familiar de Laguna Redonda terminé por las noches ‘La última condena’, y luego él escribió una síntesis perfecta en la solapa del libro”.

¿Qué importancia tuvo el barrio croata, antes yugoslavo?

“Una importancia vital. En ese espacio se conformó mi desarrollo infantil y adolescente hasta los 17 años, en que mi padre, como carabinero, fue trasladado a Cauquenes primero y a Linares después el año 1969. En ese barrio estudié la primaria hasta 6to año en el colegio Yugoslavo.  A contar de mis 9 años vivimos en la Población de Carabineros como familia y, naturalmente, se incubó parte significativa de mi personalidad.  Mis amigos de toda una vida estuvieron allí, los primeros pololeos, el Estrecho de Magallanes, el basural de la ciudad que convivía con nosotros próximo al mar, el club Deportivo Progreso del que fui parte en lo futbolístico, etc. Y cada vez que presento un libro lo hago en primer lugar en Punta Arenas, mi tierra natal”.

Juan, ¿cómo surge la pasión de escribir?

“La asocio con la lectura de revistas e historietas de la infancia. Tenía un amigo en la primaria que poseía una cantidad increíble y los fines de semana me prestaba diez o veinte ejemplares, que yo leía con gozo y las devolvía el lunes.  En paralelo descubría el mundo de Corín Tellado que leía mi hermana. Luego lecturas más serias o profundas en la Biblioteca Municipal. Allí descubrí a los autores que me marcarían a futuro: Manuel Rojas y su inolvidable ‘Vaso de Leche’ que me emocionó hasta las lágrimas. Luego, Nicomedes Guzmán, Gonzales Vera, Neruda, Mistral, César Vallejo, Nicanor Parra, y enseguida pasé a leer las obras de Ray Bradbury, Asimov, hasta llegar a Shakespeare que me fascinó, etc. Fui un lector desordenado y ávido. Y como era un observador constante de mí mismo y de mi alrededor, además de ser muy tímido, fui conformando un mundo mágico, real e imaginario, que traté de sintetizar en mi etapa narrativa inicial y que más tarde se fue consolidando de modo progresivo, casi sin percatarme de ello. Sentía que la realidad no me bastaba para explicarme el mundo, que debía inventar otros como paliativo a las deformaciones humanas que comenzaba a visualizar por doquier. La ficción, entonces, era un resguardo, a la vez que un universo que me llenaba el alma, por decirlo de algún modo”.

En su reciente publicación “Síndromes alucinantes”, señala que se trata de cuentos recientes, ¿cómo es su forma de trabajar?

“Alguna vez te señalé que escribo persistentemente, que lo hago sin que a veces me percate de que producto de la observación se van anidando en mi subconsciente escenas y detalles, que de pronto eclosionan en el trabajo narrativo material. En esa perspectiva, basta que en un momento dado algo de aquello se patentice consciente y voy dando forma a un cuento o una novela determinada. Las ideas surgen por doquier y algunas de esas ideas u obsesiones que me persiguen desde siempre se traducen en obras concretas. He referido ser un escritor de ‘rachas’ temporales en la conformación física de mis textos, pero en lo sustancial las ideas laten en mi interior en una ebullición constante y sólo basta un hecho cualquiera, por insignificante que parezca, para sentarme frente al ordenador y darle curso al fenómeno narrativo, siempre tan misterioso y personal.  Por lo general trabajo en dos o tres proyectos simultáneos. hasta que se van consolidando lenta y trabajosamente a veces, o velozmente en otras.  ‘Síndromes alucinantes’ me llevó unos tres años en consolidarlo”.

Este es su libro número veinte, ¿qué viene ahora en su trabajo literario?

“Hace ya más de 10 años di curso al inicio de una nouvelle que abarca a un personaje entre los 3 o 4 años de vida hasta los 17 en el barrio yugoslavo de Punta Arenas.  Las referencias son obvias. Es una obra que procura resumir esos años que ya visualizara Skármeta en la década de los 80.  Sólo que ahora es una novela que mezcla las vicisitudes del protagonista con el entorno, sus relaciones interpersonales, sus dudas y temores infantiles y adolescentes en una constante búsqueda de sí mismo, y también procurando descifrar sus obsesiones, sus traumas y los desequilibrios del medio ambiente que, en definitiva, van conformando la personalidad de un individuo. Ya está terminada, pero sigo en proceso de corrección interminable, hasta que un día salga publicada. En paralelo sí estoy en proceso de escritura de otra novela más extensa que abarca los temas recurrentes de mi novelística, los delirios, locura, muerte, y entre líneas, la necesidad de trascendencia que siempre voy redescubriendo a medida que escribo y que resumí hace unos días al retomar la frase que me sirve de apoyo o fundamento literario: ‘Vivir como escribo y escribir como vivo’”.

“El amor de los caracoles” se tradujo al croata y se presenta en la Feria Internacional de Zagreb en septiembre, ¿cuándo viaja y cuál es su programa de actividades?

“Viajo a comienzos de septiembre. Tengo entendido que serán cuatro días intensos, por un lado, de presentación de la novela a cargo de quien ha realizado la traducción, la destacada académica Zeljka Lovrencic. Además de la participación del relevante editor croata que ha publicado la obra, Marko Gregur, y encuentros con intelectuales y prensa local”.

¿Cómo fue la experiencia de la raducción?

“Fue una bellísima experiencia en términos de contacto cercano y habitual con Zeljka, aunque debo ser claro en señalar que ella pertenece íntegramente a Zeljka Lovrencic, quien sólo me consultó sobre aspectos puntuales sobre el pueblo de Curepto, donde se desarrolla la trama, de la idiosincrasia de sus habitantes, como de los elementos fantásticos que se desarrollaban a través de la obra”.

Juan, durante años vivió en Punta Arenas, ¿qué lo hizo venir al Maule?

“Al momento del traslado de mi padre a Cauquenes el año 69, como no existía Comercial en esa ciudad debí quedarme en Longaví, en casa de mis primos Elena Hernández y Sebastián Suazo por casi año y medio. Después mi viejo consiguió su venida a Linares. Allí terminé mis estudios el año 71 y luego partí a la Universidad de Concepción a estudiar Derecho, cuya carrera terminé el año 80 en Cuenca, Ecuador. Luego, mi relación con el Maule ha sido constante desde entonces. Regresé a trabajar profesionalmente desde Punta Arenas el año 84 en el Obispado de Linares con Monseñor Carlos Camus, con quien tuve una profunda cercanía y de hecho escribí un ensayo testimonial sobre su vida, ‘Camus Obispo’ publicado el año 1988 por Ediciones Rehue. Entre Linares de entonces, pasando por Talca y Curepto, ya como Seremi de Justicia y después como juez, hasta ahora en que he regresado al Maule, puedo decir con toda propiedad que luego de Punta Arenas y de los variados sitios en que he vivido, Linares representa un espacio de consolidación estudiantil, personal, laboral, familiar y literaria significativa, además de mi periodo de formación universitaria en Concepción. Muchas de mis obras se han escrito en este territorio que hoy me cobija”.

¿Lo marea de alguna manera el Premio Nacional de Literatura?

“De ninguna manera.  El hecho de que haya sido postulado por Simplemente Editores, mi actual casa editorial, el año 2022 y por la Universidad de Magallanes con el apoyo de la Universidad de Talca el año 2025 ha sido parte de un proceso que nació de terceras personas y en los que me vi siendo apoyado por más personalidades, escritores, periodistas, académicos, Premios Nacionales, etcétera, de las que me habría imaginado.  Ese apoyo representa un honor y lo agradecí en todo lo que vale. Pero no es más que eso. Escribir es una pasión libre e insobornable y excede cualquier eventual galardón. La literatura es mi forma de vida. Un premio, cualquiera sea su categoría, es un medio, nunca un fin en sí mismo”.

Fuente: Diario Talca.