Kast y el Manual de Bannon | Juan Marco Henriquez | Opinión
Mientras el parlamento tramita la megarreforma económica y tributaria del gobierno, la misma que llega envuelta en la promesa de reactivar la inversión y sacar a Chile del estancamiento, ocurre en paralelo un dato que debería inquietar a La Moneda. Diversas encuestas sitúan la aprobación del presidente Kast en los valores más bajos desde que asumió, junto con la mayor desaprobación. Cuatro meses después de instalado el «gobierno de emergencia», la pregunta que vale la pena hacerse no es solo si las cifras económicas mejorarán, sino ¿cómo se está gobernando, con que ideas y con que capacidades?
La respuesta, con matices, tiene nombre propio. Steve Bannon, el estratega que empujó a Trump al poder, popularizó un conjunto de tácticas que hoy replican distintos liderazgos de derecha, entre ellos Kast. No convencer con un programa, sino saturar la agenda para que ni la prensa ni la oposición alcancen a fiscalizar todo, instalar un relato de crisis heredada que presente cualquier decisión propia como reacción obligada y gobernar por decreto bajo el paraguas de la emergencia, evitando el desgaste de construir acuerdos. Ese manual no es un documento firmado por Bannon, es una interpretación que usan analistas y oposición, aunque en Chile empezó a dejar de ser solo interpretación.
La primera idea, saturar la agenda, se identifica fácil. Los primeros días de gestión el gobierno decidió abrumar a la prensa y a la oposición mediante una serie de constantes medidas, polémicas y conflictivas. Con ese volumen ninguna oposición fiscaliza tema por tema, y buena parte de las medidas avanzan sin el escrutinio que tendrían si llegaran de a una. Sin embargo, la evidencia muestra que, si bien este enfoque resulta sumamente efectivo durante campañas electorales o etapas iniciales de un gobierno, sostener esta estrategia en la gestión pública genera un desgaste debido a la incapacidad operativa de procesar e implementar tantos frentes simultáneos sin caer en desprolijidades gubernamentales, crisis de vocería o evidencias de falta de preparación, capacidades o planes. En el caso de Kast el resultado a cuatro meses es una percepción de descontrol e ineficiencia institucional, que se refleja en una fuerte caída en las encuestas, un prematuro cambio de gabinete y pésimos resultados económicos (peores de los heredados).
La segunda idea, quedó rápidamente en evidencia. En marzo se filtró una minuta interna que instruía a voceros de gobierno cómo comunicar el alza de la bencina, con un guión casi literal, reconocer la realidad, culpar a la herencia fiscal, presentar un plan. O sea, instalar un relato de crisis heredada, donde todo lo que debemos hacer es culpa del Gobierno anterior. Ese guión produjo la campaña «Estado en quiebra», borrada horas después de publicada, que motivó un oficio de la Contraloría a la Segegob pidiendo una investigación sumaria y que el propio ministro de Hacienda salió a desmentir. Cuatro meses después el relato se recicló casi intacto para explicar el Imacec negativo de mayo y un desempleo de 9,4%, el más alto en cinco años, calificado por el presidente como «enfermedad económica» no advertida a tiempo. Lo notable es que el mismo recurso se usó incluso para decisiones propias, como el cierre de la Fundación de las Familias o el recorte al Plan Buen Vivir en La Araucanía, defendidos apelando a una herencia que nada tenía que ver con esas medidas. La pregunta que surge es ¿hasta cuándo el presidente Kast usará esa excusa y cuándo comenzará asumir la responsabilidad de su gestión?
La tercera idea, decidir por decreto antes de optar por alcanzar acuerdos, también tiene ejemplos. El decreto de Hacienda que modificó el cálculo del Mepco y dejó subir la bencina se justificó otra vez con la herencia fiscal, y algo similar ocurrió con el intento de modificar por ley la jornada de 40 horas, bandera del gobierno anterior. No le preguntaron al Congreso, no sociabilizaron la medida, sólo la aplicaron a pesar de tener un fuerte impacto sobre la economía y el bolsillo de las familias. Sin empacho el gobierno ha anunciado que gobernar por decreto es una alternativa para ellos.
Lo que distingue las ideas de Bannon de una simple estrategia comunicacional es que no busca convencer, busca agotar e imponer. Cuando la Contraloría y el Banco Central deben salir a corregir el relato oficial, el costo no lo paga solo el gobierno de turno, lo pagan las instituciones arrastradas a desmentir a quien debería informar con transparencia. Ese es el punto que suele pasarse por alto, no se trata solo de si Kast exagera, se trata de que cada episodio erosiona la credibilidad de organismos técnicos que el próximo gobierno, sea del color que sea, también va a necesitar.
Sin embargo, la estrategia no está cumpliendo su función. Un gobierno que «inunda la zona» espera que la ciudadanía termine desorientada y sin capacidad de atribuir responsabilidades, pero la aprobación de Kast sigue cayendo mes a mes. La diputada Carolina Tello lo resumió con crudeza, a las familias todo les subió, la comida, los medicamentos, la bencina, y ese dato cotidiano pesa más que cualquier estrategia o relato bien construido.
La crítica concreta, entonces, no es moral sino institucional y política. Si el gobierno insiste en usar la Contraloría y el Banco Central como árbitros de última hora, lo mínimo exigible es que someta su propia gestión a esa fiscalización. Pedir cuentas hacia atrás sin transparentar las cuentas propias no es un diagnóstico económico, es una forma de gobernar sin tener que gobernar. A cuatro meses todo indica que la estrategia de gobierno ha resultado insostenible para gestionar un país. La sensación que se instala es que la estrategia sólo oculta la negación de asumir la propia responsabilidad de gobernar y deja claro que la única prioridad y el único plan para lo cual verdaderamente se preparó Kast es generar mejores condiciones para su clase, los más ricos.

