Leña y barbas de viejo para teñir lana | Manuel Luis Rodríguez U. | Historia y Memoria

Leña y barbas de viejo para teñir lana | Manuel Luis Rodríguez U. | Historia y Memoria

Hasta los años de 1970, la mayoría de las casas en las ciudades magallánicas se abastecían de leña y carbón para las cocinas y calentadores.

La leña venía de los bosques cercanos a la ciudad. Leñadores recorrían los campos y cortaban los troncos y ramas más duras.

Así llegaba la leña a las leñeras de Punta Arenas, cubierta de líquenes, musgos y el aroma húmedo del bosque magallánico. Después comenzaba un trabajo duro y meticuloso: los grandes troncos eran trozados, partidos con hacha y convertidos en leña y astillas para alimentar cocinas, estufas y calderas durante los largos inviernos australes. Era un trabajo que exigía fuerza, destreza y experiencia, y que hoy prácticamente ha desaparecido. Aunque en cada hogar había al menos un hacha, no era extraño cruzarse por las calles con hombres que llevaban una al hombro o en la mano, camino a partir leña al monte para su familia o para ganarse el sustento.

En una ciudad donde el fuego era sinónimo de abrigo y supervivencia, el hacha fue durante décadas una de las herramientas más indispensables de la vida cotidiana. Y sigue siendo plenamente vigente en los campos de hoy.

Pero esas ramas gruesas venían con Barba de Viejo, un líquen que cubría los ñires durante todo el año. Esas Barbas de Viejo la usaban las abuelas y las madres en casa, para teñir la lana antes de cardarla, antes del tejido: en grandes ollas o cacerolas hervían la lana con Barba de Viejo durante varias horas, hasta que la lana adquiría ese característico color café oscuro.