Memorias de patio | Manuel Luis Rodríguez | Opinión
En aquel tiempo, cuando se fueron fundando las ciudades y se fueron instalando los colonos, los trabajadores y los migrantes, los habitantes de Punta Arenas o de Puerto Natales tenían sus casas con anchos patios.
Un pequeño lote de tierra en la parte trasera de nuestras casas, donde las abuelas y las madres, dueñas de la pala y del azadón, sembraban sus papas, sus lechugas, sus zanahorias, sus repollos y sus flores. Los ruibarbos crecían en el borde del patio junto a la cerca vecina, de manera que esas manos hacendosas hacían la mermelada de ruibarbo y la guardaban en frascos que duraban más de tres meses.
En la cocina, repleta de ese aroma inconfundible de la leña y del carbón, las cazuelas se sazonaban con las verduras de la quinta o del patio. Las gallinas eran originarias del gallinero que las abuelas y las suegras criaban tranquilamente, y entonces, en casa había huevos frescos todo el año. Eran los tiempos cuando la leche fresca de vaca la dejaba cada día el lechero del pueblo que recorría sus calles tocando una campana de aviso.
Si las madres dejaban abierta la ventana de la cocina, el aroma del pan amasado caliente inundaba todo el barrio y sin necesidad de teléfono, que era un artefacto muy escaso, los comentarios de los últimos acontecimientos de la población corrían como perros sueltos ladrando por la vereda.
Mientras afuera caía en silencio la nieve, en la tibia luz de la cocina del mes de julio, alguna mujer preparaba el arroz con leche con algunos palos de canela, perfumando la casa con ese incomparable aroma de hogar.

