Noche en la ciudad | Carolina Guzmán Navarro, Magister en Educación, Pontificia Universidad Católica de Chile | Opinión

Noche en la ciudad | Carolina Guzmán Navarro, Magister en Educación, Pontificia Universidad Católica de Chile | Opinión

Hay momentos en que la historia no solo se lee. También se escucha.

Existen canciones que quedan atrapadas en una época y otras que, con el paso de los años, parecen adquirir nuevos significados. No porque hayan cambiado sus acordes o sus palabras, sino porque las sociedades vuelven a enfrentarse a los mismos dilemas que les dieron origen. Son obras que sobreviven a las modas porque contienen una pregunta ética antes que una consigna política. Por eso dejan de pertenecer a una generación y comienzan a pertenecer a la memoria de un país.

Los Prisioneros lograron algo que muy pocos artistas alcanzan: convertir la música popular en una forma de interpretar Chile. Sus canciones no solo acompañaron el final de la dictadura o los primeros años de la transición. También retrataron las contradicciones de una sociedad que buscaba la democracia mientras seguía conviviendo con las estructuras económicas, culturales y políticas heredadas del régimen militar. Escuchar hoy Corazones, publicado en 1990, es descubrir que muchas de esas preguntas siguen abiertas.

Entre ellas, Noche en la ciudad ocupa un lugar especial.

Más que describir una noche cualquiera, la canción dibuja el retrato de un país donde el orden parece imponerse sobre la incertidumbre, donde la normalidad se presenta como un objetivo en sí mismo y donde aquello que incomoda debe permanecer fuera de la vista. No habla solamente de calles iluminadas o de una ciudad que duerme. Habla del riesgo de confundir el silencio con la paz, la obediencia con la convivencia y la ausencia de conflicto con la justicia.

Quizás por eso vuelve a la memoria en estos días.

No porque Chile haya regresado al pasado, sino porque parte del debate público comienza a recuperar un imaginario que creíamos superado. Un imaginario donde el orden ocupa el centro del proyecto político, la autoridad se presenta como la principal respuesta frente a los problemas sociales y el crecimiento económico vuelve a instalarse como la promesa que, en algún momento, resolverá las desigualdades.

Treinta y seis años después, esa canción se escucha con una inquietante actualidad.

No porque Chile haya regresado a la dictadura.

La historia nunca se repite de manera idéntica.

Pero sí porque ciertos imaginarios políticos parecen volver a instalarse con fuerza en el debate público.

El gobierno del Presidente José Antonio Kast ha construido buena parte de su relato sobre conceptos que, por separado, son legítimos: orden, autoridad, crecimiento económico, disciplina fiscal, combate al crimen y fortalecimiento de las fuerzas de seguridad. Ninguna democracia puede prescindir de esos objetivos. El problema comienza cuando esos valores dejan de dialogar con otros igualmente esenciales: igualdad, derechos sociales, inclusión, memoria y protección de las personas más vulnerables.

Es entonces cuando el orden deja de ser un instrumento para la convivencia y comienza a transformarse en un fin en sí mismo.

Más que las medidas específicas, lo que preocupa es el imaginario que las sostiene.

La idea de que el conflicto social es una anomalía que debe corregirse.

Que la protesta constituye principalmente un problema de orden público.

Que el Estado debe reducir su presencia en la protección social mientras fortalece su capacidad coercitiva.

Que el mercado asigna mejor los recursos que la política.

Que la autoridad debe recuperar espacios que la deliberación democrática habría debilitado.

Son ideas con una larga historia en Chile. No nacieron con este gobierno. Forman parte de una tradición política y económica que tuvo su mayor expresión durante la dictadura militar y que, con distintos matices, continuó influyendo en la transición.

Por eso el debate actual no puede reducirse a una discusión técnica sobre impuestos o crecimiento.

Lo que está en juego es una determinada concepción del país.

Una donde la seguridad parece ocupar más espacio que la solidaridad.

Donde el equilibrio fiscal recibe más atención que las listas de espera interminables en la salud pública.

Donde la inversión privada aparece como respuesta casi exclusiva frente a problemas cuya raíz también es social.

Donde la eficiencia administrativa corre el riesgo de desplazar la pregunta más importante de todas: ¿para quién gobernamos?

La historia enseña que las democracias no se debilitan únicamente cuando desaparecen las elecciones o se clausuran los congresos.

También pueden erosionarse cuando la sociedad comienza a aceptar que la libertad, la igualdad o la justicia social son obstáculos incómodos frente a la necesidad de mantener el orden.

Diversos autores entre ellos Polanyi advertía que una sociedad subordinada exclusivamente a la lógica del mercado terminaba rompiendo sus propios equilibrios sociales. Décadas más tarde, Amartya Sen recordaría que el desarrollo no consiste solo en aumentar el ingreso nacional, sino en ampliar las libertades reales de las personas. Ambos comprendieron que la economía y la política no pueden separarse de la dignidad humana.

Chile conoce demasiado bien esa lección.

Durante años se exhibieron indicadores macroeconómicos exitosos mientras crecían las brechas en pensiones, salud, educación y acceso a oportunidades. El crecimiento existió. Pero una parte importante de la ciudadanía sintió que ese progreso no le pertenecía. El malestar que estalló en 2019 no surgió de un día para otro; fue la acumulación de desigualdades, frustraciones y la percepción de que el éxito del país no siempre se traducía en una vida mejor para quienes lo sostenían con su trabajo cotidiano.

Por eso inquieta que, frente a los desafíos del siglo XXI, resurjan respuestas que parecen mirar más hacia el pasado que hacia el futuro.

No porque propongan una dictadura.

Sino porque reactivan un imaginario donde el orden ocupa el centro del proyecto político y la cohesión social queda supeditada a la promesa de que el crecimiento resolverá, más adelante, aquello que hoy sigue esperando respuesta.

Noche en la ciudad no hablaba solamente de una época.

Hablaba de la tentación permanente de confundir silencio con paz.

De creer que una ciudad es más segura porque deja de escuchar las voces incómodas.

De pensar que una economía es exitosa porque mejoran sus indicadores, aunque millones de personas continúen viviendo con incertidumbre.

Las democracias maduras necesitan orden.

Pero también necesitan memoria.

Porque un país que olvida las consecuencias de poner el poder, el mercado o la autoridad por encima de las personas corre el riesgo de volver a caminar por senderos que creía definitivamente superados.

Quizás esa sea la mayor vigencia de Los Prisioneros.

No haber escrito canciones para una generación.

Sino haber dejado metáforas capaces de recordarnos que el verdadero progreso nunca consiste únicamente en tener una ciudad más ordenada o una economía más eficiente.

Consiste en construir un país donde el orden, la libertad, la justicia y la dignidad puedan convivir sin que una de ellas deba sacrificar a las demás.

*Carolina Guzmán Navarro  

Mg. Educación Pontificia Universidad Católica de Chile

Profesora de Historia y Geografía U. de Playa Ancha Ciencias de la Educación