A propósito del 11 | Jorge Restovic Skirving | Opinión
No tengo problemas en discutir de política con quien piensa distinto. De hecho, es sano. Podemos discutir de impuestos, del rol del Estado, de cómo se saca adelante Magallanes. Podemos estar en desacuerdo y seguir trabajando juntos. Eso es la democracia.
Lo que no puedo hacer es discutir sobre moral.
Y lo que pasó en Chile a partir del 11 de septiembre de 1973 no fue un problema político. Fue un problema moral.
No fue un exceso, como algunos lo quieren pintar hoy. Fue un sistema. Un sistema que definió que había chilenos que valían menos, que se podía entrar a una fábrica, a una universidad, a un servicio público, detener a alguien por sus ideas o por hacer bien su trabajo, subirlo a un ñ y hacerlo desaparecer en un Estadio, en un barco o en el desierto de Pisagua o Dawson.
No fue una guerra. En las guerras hay dos bandos armados. Aquí había un Estado completo, con tanques, aviones, bandos militares y consejos de guerra, actuando contra profesores, obreros, estudiantes, campesinos, dueñas de casa, sacerdotes, pastores y funcionarios públicos.
No fue orden. El orden no se construye sobre fosas clandestinas. No se construye sobre más de 3.200 chilenos muertos y detenidos desaparecidos, ni sobre más de 40.000 torturados. Eso no es orden, es miedo.
Por eso, cuando hoy escucho decir «es que había que hacer algo», no escucho una opinión política distinta. Escucho una justificación moral que no puedo compartir.
No es que yo sea de izquierda y usted de derecha. Es que yo creo que torturar está mal. Siempre. Que hacer desaparecer a una persona está mal. Siempre. Que tirar cuerpos al mar está mal. Siempre. No hay cifra de inflación que lo justifique.
Yo no odio a quien todavía apoya a Pinochet. Pero no me pida que lo normalice. Si usted cree que todo eso fue necesario, nuestra diferencia no es política. Es que entendemos distinto lo que significa ser persona, ser chileno y vivir en paz.
Yo elijo vivir en paz. Pero con memoria. Porque sin memoria y sin verdad, no hay paz posible.
Lo que no puedo hacer es discutir sobre moral.
Y lo que pasó en Chile a partir del 11 de septiembre de 1973 no fue un problema político. Fue un problema moral.
No fue un exceso, como algunos lo quieren pintar hoy. Fue un sistema. Un sistema que definió que había chilenos que valían menos, que se podía entrar a una fábrica, a una universidad, a un servicio público, detener a alguien por sus ideas o por hacer bien su trabajo, subirlo a un ñ y hacerlo desaparecer en un Estadio, en un barco o en el desierto de Pisagua o Dawson.
No fue una guerra. En las guerras hay dos bandos armados. Aquí había un Estado completo, con tanques, aviones, bandos militares y consejos de guerra, actuando contra profesores, obreros, estudiantes, campesinos, dueñas de casa, sacerdotes, pastores y funcionarios públicos.
No fue orden. El orden no se construye sobre fosas clandestinas. No se construye sobre más de 3.200 chilenos muertos y detenidos desaparecidos, ni sobre más de 40.000 torturados. Eso no es orden, es miedo.
Por eso, cuando hoy escucho decir «es que había que hacer algo», no escucho una opinión política distinta. Escucho una justificación moral que no puedo compartir.
No es que yo sea de izquierda y usted de derecha. Es que yo creo que torturar está mal. Siempre. Que hacer desaparecer a una persona está mal. Siempre. Que tirar cuerpos al mar está mal. Siempre. No hay cifra de inflación que lo justifique.
Yo no odio a quien todavía apoya a Pinochet. Pero no me pida que lo normalice. Si usted cree que todo eso fue necesario, nuestra diferencia no es política. Es que entendemos distinto lo que significa ser persona, ser chileno y vivir en paz.
Yo elijo vivir en paz. Pero con memoria. Porque sin memoria y sin verdad, no hay paz posible.

