Al poder del miedo, se le gana con abrazos | Jorge Restovic Skirving | Opinión

Al poder del miedo, se le gana con abrazos | Jorge Restovic Skirving | Opinión

Hay un grupo de poder en el mundo que vive de dividirnos. Su fórmula es vieja: partir el mundo en dos. Ellos, que serían la libertad, lo bueno, lo patriota. Y los otros, los «zurdos», que serían lo malo, lo que hay que odiar y eliminar.
Así, mientras abajo nos peleamos por etiquetas, arriba siguen repartiéndose la torta tranquilos.
Es una fórmula peligrosa. La historia ya nos mostró hasta dónde puede llegar. Hitler era malo. Eso es obvio.
La pregunta que me inquieta, es cómo convenció a personas buenas y honestas de hacer el mal, convencidas de que hacían lo correcto.
Primero, les dijo que ellos eran los únicos buenos. Los salvadores de la patria.
Segundo, les inventó un enemigo único donde meter todos los problemas: el judío, el comunista, el sindicalista. El «zurdo» de esa época.
Tercero, les quitó la humanidad con el lenguaje. Ya no eran personas, eran plaga, eran parásitos. Cuando en el lenguaje el otro deja de ser humano, en la acción todo se permite.
Así, gente buena, de trabajo, que quería a su familia, terminó aplaudiendo barbaridades, convencida de que limpiaba el país.
No eran monstruos al principio. Se fueron haciendo monstruos porque les hicieron creer que odiar era un acto de amor.
Y hoy esa misma lógica vuelve con otro envase.
Vuelve con esos clubes de líderes de extrema derecha que se están armando por el mundo. Clubes privados, con presidente y con caja. Donde se entra por afinidad ideológica y no por historia. Donde se busca reemplazar a la ONU y al derecho internacional. Clubes donde se aplauden entre ellos mientras abajo nos enseñan a odiarnos.
Es la misma idea de siempre: concentrar el poder en unos pocos arriba, mientras nos dividen a todos abajo.
Magallanes se hizo al revés. Se hizo en la diversidad. En la misma barra de un bar, o en la mesa larga de un club, cabían ricos y obreros, los de acá y los de allá, sin odio ni miramientos. No se preguntaba de qué lado eras, se preguntaba si tenías palabra.
No perdamos ese espíritu. No dejemos que lo destruyan con odios importados y clubes de poder.
Porque al poder del miedo, se le gana con abrazos. Con más acuerdos, con más diálogos de esos que nos hacen falta. Recuperando nuestra humanidad, al menos en este confín del mundo.
Porque al final, cuando el viento pega fuerte de verdad, nadie se salva solo.
De verdad, todos somos necesarios.