El nacionalismo de rodillas | Juan Marcos Henríquez | Opinión

El nacionalismo de rodillas | Juan Marcos Henríquez | Opinión


José Antonio Kast llegó al poder prometiendo orden, autoridad, soberanía y defensa de los intereses nacionales. Sin embargo, cuando tuvo que demostrar ese nacionalismo en política exterior, ha optado por alinearse con Donald Trump y adherir al Escudo de las Américas, una organización de seguridad diseñada y liderada por EEUU. El Gobierno presenta la incorporación a esta organización como una simple coordinación contra el crimen organizado. Sin embargo, ya tenemos experiencia en la gran diferencia que existe entre lo que dice el presidente y lo que hace, entre lo que promete y la realidad. El Escudo de las Américas es una organización en donde los países participantes han anunciado sanciones conjuntas contra organizaciones criminales, congelamiento de activos, restricciones migratorias y la posibilidad de evaluar acciones colectivas bajo el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR). Por tanto, sus alcances exceden el intercambio policial de información. Eso abre una pregunta importante: ¿quién define qué grupos son terroristas y hasta dónde puede llegar la acción conjunta?
Por supuesto que Chile debe combatir el narcotráfico y fortalecer la cooperación internacional (aunque ya existe y está normada). Nadie en su sano juicio, especialmente un gobernante, se podría oponer al intercambio de inteligencia, la coordinación policial o la cooperación fronteriza. Pero cooperar entre Estados soberanos no es lo mismo que integrarse a una estructura cuya agenda, lenguaje y marco de acción están definidos y “guaripoliados” por Estados Unidos. Kast y la cancillería sostienen que no existe un tratado, que no se contemplan operaciones militares y que la soberanía chilena permanece intacta. Formalmente, puede ser así. Sin embargo, la filosofía Trump en los hechos se expresa de manera diametralmente distinta y explícitamente ha planteado que pueden invadir otros países si los intereses de Estado Unidos se ven comprometidos. Kast debe entender que su constante sumisión y alineación a la ideología Trump pone en riesgo nuestra independencia y soberanía, ya que esta no se pierde solamente mediante una cláusula explícita de cesión, sino que también puede erosionarse cuando un país acepta que otra potencia defina sus prioridades de seguridad, clasifique a sus enemigos y establezca las respuestas legítimas frente a ellos.
La referencia al TIAR y a eventuales “acciones colectivas” introduce una zona “gris” de incertidumbre tanto jurídica como política. Cualquier medida que implique sanciones, cooperación militar, persecución transnacional o afectación de derechos fundamentales debe someterse al derecho internacional, a la Constitución y a los controles democráticos chilenos. Sin embargo, Trump en la Asamblea de Naciones Unidas acaba de amenazar a México por la presencia de carteles de narcotráfico y sostuvo que los integrantes de los carteles deberían ser asesinados, exiliados o detenidos como combatientes enemigos y que había ordenado a las Fuerzas Armadas estadounidenses “eliminarlos”. Con esas declaraciones creo no hace falta explicar más los riesgos que corre Chile al alinearse.
La lucha contra el crimen organizado tampoco debe llevarnos a obviar los derechos humanos. Las designaciones de organizaciones como terroristas, el congelamiento de activos o las restricciones migratorias pueden afectar el debido proceso, el derecho de defensa, la libertad de asociación y la presunción de inocencia. Chile no puede convertir automáticamente una decisión política extranjera en una condena jurídica dentro de su territorio. Es contradictorio que la derecha tradicionalmente haya manifestado dudas para aprobar Tratados y Acuerdos que impliquen la jurisdicción de Corte Internacionales, pero para ceder soberanía a EEUU y una organización no formal, como el Escudo de las Américas, no ponga ningún reparo. Eso es simple sumisión al patrón.
La política exterior chilena ha construido su reputación sobre el respeto al derecho internacional, la solución pacífica de controversias, el multilateralismo, la no intervención y la autodeterminación de los pueblos. Esa tradición no implica indiferencia frente al delito, sino cooperación sin subordinación. La adhesión al Escudo de las Américas amenaza con romper esa tradición al incorporar a Chile a un mecanismo político impulsado por Trump y asociado a su agenda ideológica, geopolítica y militar.
La alineación de Kast con EE.UU. tampoco ha producido, en seis meses, una relación económica equilibrada. Estados Unidos mantiene un arancel de 12,5% para gran parte de los productos chilenos, incluidos salmones, frutas y productos agrícolas, mientras reserva excepciones para bienes considerados prioritarios para sus propios intereses. Aunque el Gobierno destaca que productos como el cobre, el litio y algunas frutas quedan excluidos, la medida afecta exportaciones chilenas y pasa por encima del espíritu del Tratado de Libre Comercio vigente. Ante ello nuevamente Kast adopta una posición sumisa y se imponen sólo los intereses de EEUU, perjudicando los productores nacionales. El ingreso al Escudo de las Americas implica revisión de inversiones extranjeras, mecanismos de control para exámenes de inversión, asegurar cadena de suministros de minerales críticos y garantizar capital transparente y verificable, lo que claramente cede soberanía económica. Para esto la derecha no tiene inconveniente, pero si para levantar el secreto bancario.
El contraste es evidente. Mientras Chile ofrece cooperación política y de seguridad, EEUU aplica barreras comerciales y espera que nuestro país acompañe su agenda de dominio regional. Si la cercanía ideológica con Trump no impide que Estados Unidos aumente los impuestos a los productos chilenos, ¿dónde está la reciprocidad? El patriotismo no consiste en aplaudir al poderoso mientras perjudica los intereses nacionales. Kast debilita la república.
El riesgo del Escudo de las Américas no es necesariamente que mañana operen tropas estadounidenses en Chile, sino la pérdida de independencia y que mañana EEUU establezca el problema, proporcione el marco conceptual y lidere la respuesta. Leyendo la historia después podrían venir nuevas exigencias, como mayor intercambio de inteligencia, participación en operaciones, apoyo a designaciones o respaldo a acciones extraterritoriales. Para Trump o lo apoyas como aliado en sus exigencias o te trata como enemigo.
Kast se declara nacionalista y republicano, pero su conducta revela un nacionalismo selectivo. Frente a sus adversarios internos invoca la soberanía; frente a Trump, adopta con sumisión toda su agenda ideológica, aunque “salgamos perdiendo”. Frente al crimen organizado reclama autoridad, pero frente a los mayores aranceles estadounidenses opta por la resignación.
La disyuntiva no es si Chile coopera con Estados Unidos, sino en qué condiciones, con qué límites y a cambio de qué lo hace. Un gobierno verdaderamente nacionalista respondería esas preguntas antes de comprometer al país; en cambio, un gobierno servil se limita a repetir que no hay problema mientras acepta que otros definan la agenda y el precio de la cooperación. Recién terminadas las fiestas patrias y a propósito del ingreso al Escudo de las Américas yo me pregunto: ¿Dónde se hubiese sentado Kast en la Junta de Gobierno de 1810? ¿cuidando los intereses del Rey o avanzando hacia la independencia? Como se envidia la autonomía de Lula frente a EEUU, quien declaró: “Brasil no cabe en el patio trasero de nadie”.