No sé qué viene, pero todo me preocupa | Juan Alberto Cerda Guzmán | Opinión

No sé qué viene, pero todo me preocupa |  Juan Alberto Cerda Guzmán | Opinión

He estado pensativo estos meses e incluso diría que un poco nervioso. Más aún estas últimas semanas. Me preocupa que no sean tantos los que estén de esta manera. Es como si vieran las cosas con liviana lejanía e indiferencia. Llegué al punto de necesitar sentarme a escribir para poder ordenar y, por supuesto, calmar mi cabeza. En el momento en que escribo estoy en España, avanzando en mi Doctorado, pero me es imposible dejar de pensar en Chile. ¿Cuán dañado estamos como sociedad? Escucho diariamente programas en los que conversan sobre la tensión política; donde las estadísticas no están claras; donde todo y nada puede ser; donde el futuro pareciera ser más una muerte agónica que una esperanza de vida. ¿Cuál es la mejor opción? ¿Cuál es la peor opción? Y ¿cuáles son los criterios para determinar aquello?

Escribo esto no solo como persona, sino también como psicólogo de izquierda. Espero que esto no moleste a los lectores ni tampoco a los colegas, pero en mi no tan humilde opinión, considero que la psicología es una disciplina que puede alcanzar estándares de profundidad al momento de analizar el comportamiento y que, por tanto, sí obedece a parámetros políticos, aunque en la práctica lo evitamos para no enfrentarnos al aislamiento amenazante de los discursos hegemónicos de dominación pública. Veo muchas personas con máscaras cuidando sus intereses y con poca valentía, por no decir nula, para defender sus valores y principios. ¿De qué vale vivir si no es con voluntad y libertad? ¿De qué vale vivir bajo el yugo de la imposición? ¿De qué vale vivir sin memoria? He aquí lo que yo mal tolero: la amnesia histórica.

Nuestra actividad cívica exige constantemente acción. La primera de estas es informarse, es decir, leer. Y, contrario a la encuestas que se van publicando cada año, considero que los chilenos crecemos con la cicatriz de la ignorancia. Muy poca gente lee y, tristemente, de la poca que lee muy poca comprende. He ahí la base de nuestra intolerancia al debate “sano” ante la diversidad de opiniones y creencias. Llevémoslo a un ejemplo práctico: ¿cómo puedo exigirle a una persona que no atente contra otra si jamás ha conocido la ética desde lo conceptual y lo práctico? O ¿cómo puedo decirle a un joven que la meritocracia es la clave cuando su madre debía elegir entre comprar un kilo de arroz y una enciclopedia del quiosco porque su sueldo no le alcanzaba para cubrir todas las necesidades? O sea, la balanza sigue estando muy lejos del equilibrio. Dicho de otra manera, aún las discusiones sociales ocurren en un plano comprensivo e interpretativo desigual.

He recorrido diferentes bibliotecas de España y cada vez que contemplo la promoción de las actividades culturales y educativas, tal cual como lo escribió en su momento Carlos Pérez Soto, tomo conciencia de que vengo de la orilla del mundo. Estando acá noto que hay cosas muy sencillas que se podrían intentar replicar e incluso mejorar para Chile. ¿Qué se necesita? Abandonar el individualismo e interesarnos por lo que puede ser beneficioso para todas/os sin importar nuestro color de piel, creencias y/o preferencias. El respeto nos deja cada vez más atrás, y poco a poco nos perdemos en la disfuncionalidad civil e institucional.

En este sentido me permito preguntar: ¿Acaso somos conscientes de que hoy tenemos un horario laboral, posibilidad de sueldo, un lugar donde sentarnos, vacaciones, libertad de expresión, acceder a información, asociarnos y reunirnos, gracias a la apelación de aquellos que nos precedieron? Cosas que hoy damos por obvias, en su momento fueron luchas colectivas para solo exigir “dignidad e igualdad” y que su costo fue la vida de miles de mujeres, NNA y hombres. Esto no lo podemos olvidar ni mucho menos perder.

El sufrimiento no distingue vectores de tiempo ni mucho menos evalúa el poder adquisitivo. Por el contrario, todas/os lo podemos experimentar y ese debe ser el horizonte mínimo para posicionarnos ante la vida ética. Las ideas pueden expandirse a través de los diálogos y no tenemos que pensar igual para llevarnos bien, mas solo basta el respeto de la singularidad e historicidad que poseemos cada una/o de nosotros. Tal como decía Humberto Maturana, autor al cual vuelvo a consultar constantemente: “la existencia es posible en el intercambio y aceptación de los demás”.

Por último, y no por eso menos importante, recuerden que sufragar es ejercer nuestra participación política y, a su vez, hacernos responsables de las consecuencias de nuestras creencias (informadas y/o desinformadas). Muchos de nosotros quizá no veamos el desarrollo total del Chile y está bien, aun así podemos ser parte del proceso, ya que intentando no ser injusto, hemos de recordar que nuestro país tiene tan solo 215 años.

Juan Alberto Cerda Guzmán

Licenciado en Psicología y Psicólogo

Doctorando en Psicología

Estudiante de Licenciatura en Filosofía