«No da lo mismo» Es una responsabilidad concreta del Chile de hoy | Rodolfo Cárdenas Alvarado | Opinión

«No da lo mismo» Es una responsabilidad concreta del Chile de hoy | Rodolfo Cárdenas Alvarado | Opinión

Entre la música, los estudios, el trabajo, el deporte y un sinfín de actividades, los jóvenes de Magallanes y del país observan cómo, una y otra vez, distintos “expertos” les dicen qué deben hacer y sobre qué ejes construir sus oportunidades de bienestar.

Sin embargo, la realidad que viven es mucho más compleja.

Aumentan los jóvenes cuidadores, como aquellos abandonados por el sistema, aquellos que buscan una oportunidad laboral por primera vez y también se han ido integrando quienes desertaron del sistema educativo en los últimos años.

 Entre líneas, en la vida cotidiana, emergen fenómenos que muchas veces se omiten: la búsqueda de pertenencia —ya sea en comunidades presenciales o virtuales—, las brechas en el acceso a educación y oficios, el endeudamiento temprano, y problemáticas que inciden directamente en sus trayectorias de vida, como el consumo de alcohol y drogas, la falta de oportunidades y una violencia que parece haberse instalado en los establecimientos educacionales, en la vida familiar y en la convivencia social.

Tal como lo evidencia la Encuesta Nacional de Juventudes, existe una diversidad profunda de experiencias juveniles en una sociedad cada vez más tensionada, predominantemente urbana, donde el mundo rural apenas alcanza el 9%.

Al mismo tiempo, el 2025 marca un hito: se alcanza el máximo histórico de jóvenes con educación superior completa o incompleta (36%). Esto da cuenta del impacto de políticas como la gratuidad y la eliminación de mecanismos de selección arbitrarios. Pero ese avance convive, paradojalmente, con nuevas y persistentes desigualdades.

Entonces, ¿cómo entender la creciente vinculación con la violencia en contextos educativos?

No hay una sola respuesta. Se trata de un fenómeno complejo, donde convergen factores sociales, familiares, culturales y educativos, en un contexto atravesado por desigualdades territoriales, como la que viven los jóvenes de Tierra del Fuego, y un modelo que muchas veces refuerza el individualismo por sobre lo comunitario, y castiga lo diferente. 

Abordarlo exige algo más que diagnósticos o medidas punitivas.

Implica volver a escucharnos, mirarnos y comprender los contextos. Implica trabajar con los jóvenes, no imponerles soluciones desde una lógica autoritaria o castigadora. Se trata de generar nuevas oportunidades, fortalecer la protección, cuidar la salud emocional y reconstruir vínculos familiares y comunitarios, para que sus proyectos de vida sean saludables y permitan construir sus vida en sociedad.  

También exige actuar con claridad frente a todas las formas de violencia: el acoso, la violencia sexual, el maltrato, y también aquellas prácticas estructurales —como la delincuencia de “cuello y corbata”— y la violencia que limitan vidas y oportunidades.

Esto requiere programas sólidos desde la sociedad civil, pero también un Estado con un rol activo y robusto. Instituciones como INJUV, Mejor Niñez o el Servicio de Reinserción Social Juvenil deben estar a la altura de este desafío, con capacidad real de prevención y protección, trabajando en los barrios, en todos los sectores de nuestra sociedad diversa y geográficamente dispersa. 

Porque al final, construir espacios seguros no es un discurso: es una responsabilidad  concreta del Estado, de usted y mía.

Y deben ser seguros los establecimientos educacionales, los barrios, los hospitales,  los espacios culturales, los lugares formativos, así como el deporte,  el sistema de justicia y el trabajo.

Rodolfo Cárdenas Alvarado 

Trabajador Social 

Consejero Regional por Tierra del Fuego.