Cerebro mata prejuicio (y a los fantasmas de biblioteca) | Juan Salvador Miranda | Opinión

Cerebro mata prejuicio (y a los fantasmas de biblioteca) | Juan Salvador Miranda | Opinión

Parece una broma de mal gusto, pero en pleno 2026, mientras el presidente José Antonio Kast sale a decir que la investigación académica es tirar la plata en «libros de biblioteca» que no generan empleo, el país se juega su destino en una cancha mucho más seria que un estante polvoriento. Esa visión, que reduce el pensamiento a un gasto inútil, es la otra cara del negacionismo: un peligro real que empaña las políticas públicas y rompe los puentes de confianza que tanto nos costó construir. Mientras algunos discuten si la Tierra es plana o se refugian en recetas mágicas avaladas por tipos de traje, la realidad nos golpea en la cara.

Chile tiene hoy una oportunidad de esas que pasan una vez por generación. Ya no se trata solo de laboratorios con gente en bata blanca o de acumular tomos en una repisa; se trata de entender que la ciencia es el motor que debe mover nuestra economía para que, de una vez por todas, el bienestar llegue al bolsillo y al día a día de la gente. Es la única forma de tomar decisiones con la cabeza fría en salud o educación, dejando de lado la improvisación de «olfato» político.

Llevamos décadas amarrados a la exportación de materias primas, sacando piedras y palos de la tierra como si el mañana no existiera. Pero el gran salto —el de verdad— es pasar a una economía del conocimiento. El Estado, a pesar de los diagnósticos simplistas, hace su parte: a través del Ministerio de Ciencia y la ANID, inyecta recursos en proyectos que van desde la curiosidad pura de un Fondecyt hasta el empuje práctico de Startup Ciencia. El talento no está «durmiendo» en una biblioteca; está ahí, pulsando, esperando que dejen de verlo como un gasto y lo entiendan como inversión.

Sin embargo, el panorama es agridulce. Aunque lideramos la producción científica en Latinoamérica, seguimos chocando contra un techo de cristal: ese 0,4% del PIB destinado a investigación. Es una cifra que suena a poco, a una apuesta a medias, a querer jugar en las grandes ligas con el vuelto del pan mientras los líderes cuestionan si vale la pena pagar la entrada.

Para los que dudan y creen que la ciencia no genera «beneficios concretos», ahí está la historia de la industria del salmón. No fue un milagro caído del cielo ni obra de la pura suerte; fue el resultado de cuando la Fundación Chile y la Corfo decidieron que la tecnología y la ciencia eran el camino para inventar una industria donde antes no había absolutamente nada.

La conclusión es corta y clara: Chile necesita dejar de vender solo lo que extrae para empezar a vender lo que piensa. Tenemos la capacidad, tenemos los centros de investigación y tenemos la urgencia. Ahora solo falta que la inversión y la cordura institucional estén, por fin, a la altura del desafío y dejen de mirar los libros como adornos. Porque, al final del día, los mitos y los prejuicios no llenan la olla, pero el conocimiento aplicado sí.