El día después de la clase media | Jorge Restovic Skirving | Opinión

El día después de la clase media | Jorge Restovic Skirving | Opinión

EL DÍA DESPUÉS DE LA CLASE MEDIA

Por: Jorge Restovic Skirving*

Hay una tesis que nadie quiere decir en voz alta: la eliminación de la clase media no es un accidente, es un proyecto.
Y lo más trágico es que ese proyecto está siendo aplaudido por la misma clase media que va a desaparecer.
¿Qué era la clase media? Era el puente. Era la gente que no era rica, pero tampoco pobre. La que con esfuerzo tenía su casa, su auto usado y mandaba a su hijo a la universidad. No le sobraba, pero le alcanzaba. Y era libre.
Esa gente estorbaba. Porque el que está bien, no se deja arrear.
Y hay algo que se nos olvidó: este país fue formado por la clase que hoy desaparece.
Chile no lo hizo la elite encerrada en su fundo, ni lo hizo la pobreza abandonada a su suerte. Chile lo hizo la clase media. Lo hizo el profesor normalista que fundó la escuela en el pueblo, el médico general que llegaba a la posta rural, el empleado fiscal que levantó Punta Arenas, Arica y Aysén con sacrificio, el comerciante chico, el carabinero, el funcionario de correo, el obrero calificado que con su sueldo se compró su sitio. Ellos hicieron las ciudades, las carreteras, los hospitales, los liceos. Este país se paró sobre los hombros de la clase media.
Y a esa clase la estamos matando.
El mundo que quieren sin clase media ya se empezó a ver, y es brutal. Y se ve primero donde más duele: en los colegios, en la salud y en cómo nos movemos.
Sin clase media, en la educación ya no habrá encuentro. Ya está pasando. Los hijos de los ricos en colegios privados de 800 mil pesos al mes. Los hijos de los pobres hacinados donde falta hasta el papel higiénico. Y al medio ya no queda nadie. Antes, el hijo del carabinero se sentaba al lado del hijo del abogado. Ahí se hacía país. Eso se acabó. Ahora segmentamos a los niños desde los 4 años para que nunca se conozcan. Unos para mandar y otros para obedecer.
En salud será peor. Una salud de hotel para los de arriba y una salud de espera para los de abajo, con dos años para una operación. El que hoy hace un esfuerzo para pagar un bono, mañana no tendrá ni para eso. Tendrá que hacer la fila. Y la fila mata.
Y en el transporte ya lo vivimos. Para los ricos, autopista sin taco y avión. Para los pobres, micro repleta y dos horas de viaje. ¿Dónde quedó el chileno que con su autito se iba a la playa en verano? Lo están sacando de la carretera a punta de peajes y bencina impagable.
Un mundo sin clase media es un mundo sin dueños. Solo arrendatarios.
Y aquí viene la paradoja más dolorosa: la clase media no cayó por floja, cayó por aspiracional.
Ante el deseo de ser como los de arriba, empezó a gastar lo que aún no gana. Esa es la trampa perfecta.
Primero le desincentivaron el ahorro. ¿Para qué vas a ahorrar? le dijeron. ¿Para qué vas a esperar dos años para comprarte algo, si yo te lo presto ahora? El ahorro pasó de ser una virtud a ser de tonto. Se rieron del que ahorraba. Lo trataron de anticuado.
Y en su lugar le pusieron el crédito fácil. El de arriba la alentó a endeudarse. Le dijo: saca el crédito para la casa, para el auto, para la universidad, para el celular, para las vacaciones. Y ella, con la ilusión de surgir y darle algo mejor a su familia, firmó. Se transformó en esclava del sistema.
Porque el que gasta lo que no ha ganado, ya no es libre. Trabaja para el banco. Vive para pagar la cuota. No puede enfermarse, no puede reclamar, no puede parar. Tiene que agachar el moño. El ahorrador era libre, el endeudado es esclavo.
Y cuando ya estaba endeudada hasta el cuello, le subieron todo. Le subieron la tasa del crédito, le subieron la bencina, le subieron el flete, le subieron el pan. El sueldo se quedó igual, pero la vida se duplicó. Y ya no pudo pagar.
Así la pillaron. Sin ahorros, endeudada, cansada y esclava.
Le prometieron que si se endeudaba sería como ellos. Y terminará sin nada, creyendo que fue su culpa.
Cuando la clase que formó este país desaparezca, no va a haber aplausos. Va a haber un silencio helado. El silencio de un país que mató a los que lo construyeron.