Sombra sin cuerpo | Juan Marcos Henríquez | Opinión

Sombra sin cuerpo | Juan Marcos Henríquez | Opinión

Sombra sin cuerpo

El miércoles recién pasado las senadoras Fabiola Campillai (independiente) y Camila Flores (Renovación Nacional) se enfrascaron en una discusión en la que intercambiaron descalificaciones e insultos en los pasillos del Congreso. Ambas procuraron ofenderse, y estuvieron muy lejos de lo que se espera y obliga su investidura, pero fue Camila Flores la que calificó a Campillay de “deficiente intelectualmente”, una «señora de feria», a la que «se le salió lo poblacional». Clasista, peyorativa y doble estándar es a lo menos los conceptos que calzan bien para Flores.

Entre los dichos populares está “Sombra sin cuerpo, toda apariencia y nada dentro” para referirse a aquellas personas que son pura fachada. Básicamente se refiere a aquellas personas que venden una imagen pública, presumen o aparentan ser de una forma, pero cuando las conoces de verdad o tiene que demostrar con hechos concreto “muestran la hilacha”. La senadora Flores califica en este dicho, porque representa la sexta circunscripción (Valparaiso interior) donde la gente que votó por ella trabaja en el retail, construcción o ferias libres, y es mayoritariamente gente humilde, «poblacional».  Sin embargo, cuando opta por insultar a una contrincante, usa un lenguaje que humilla y menosprecia a sus votantes. «Feriante» y «poblacional» no son adjetivos neutros en su discusión, son más bien usados como descalificaciones, como una forma de desprecio. Ese mismo día, la Confederación Nacional de Ferias Libres salió a recordarle que ser mujer de feria es un orgullo, que conlleva esfuerzo y sacrificio. Flores no lo sabía o si lo sabía le importó poco, porque le salió de lo profundo de su ser y convicciones.

La senadora Flores nació en Paillaco donde su familia y la gente se dedica a la agricultura. Es decir, Flores conoce de cerca el mundo campesino y las ferias. Sin embargo, ahora que es senadora lo usa como insulto, como un desprecio de clase. En su carrera política ha buscado representar a esos sectores, pero después de conseguir el voto los mira desde arriba con desprecio. Es el síndrome de quien llega y olvida de dónde partió.

Pero el doble estándar de Camila Flores no termina en el insulto clasista. Flores milita en un partido que levanta la bandera de los valores familiares, de moral cristiana y matrimonio indisoluble. Sin embargo, hace meses su exmarido, presentó una demanda de divorcio culposo acusándola de infidelidad e imágenes de la Senadora teniendo sexo con su amante en el living de hogar fueron difundidas sin autorización. El marido además denunció que Flores contrató a su presunto amante como jefe de gabinete en el Senado, contrato indefinido, pagado con plata pública. A la senadora se le acusa además de haber obligado o presionado a sus asesores a devolverle parte de sus sueldos pagados por el Estado. La senadora que predica la familia tradicional terminó con su vida privada en los tribunales y su oficina bajo sospecha de usar recursos públicos para asuntos personales.

Flores ha sido rápida para acusar a los opositores de malversar fondos públicos y en el gobierno de Boric no faltaron sus críticas al gasto estatal. Sin embargo, la realidad es que es ella la que está siendo investigada por fraude al fisco y su oficina fue allanada por orden judicial. Fue eso lo que le recordó la senadora Campillai en el pasillo de Congreso, pero Flores no tuvo respuesta, no aportó ningún dato o argumento en su favor, sólo respondió con insultos, señalando que Campillai tenía una hija delincuente y un círculo delincuente.

Hay algo más profundo que la simple hipocresía personal. Lo que muestra Flores es una política que necesita deshumanizar al otro para sobrevivir. Si Campillai llegó al Senado «porque da pena», si es «intelectualmente deficiente», entonces no hay que debatir sus ideas. Sólo hay que humillarla y para eso Flores opta por el prejuicio de clase. Usa el miedo al «poblacional» como quien usa un arma para hacer daño. Eso marca la diferencia en esta “mocha” entre las dos senadoras. Es la forma de defenderse de quien no puede ganar con ideas y prefiere ganar con insultos y gritos. 

Este jueves 6 se lanzó la campaña Teletón 2026, con mucha gente que entrega su esfuerzo y solidaridad ya sea como paciente o colaborador. Mientras tanto la senadora Flores afirma que una persona con discapacidad ocupa un escaño en el parlamento sólo por “pena”. En ello desconoce la capacidad, la dignidad y el esfuerzo de la persona discapacitada que logró su puesto gracias a su propuesta y conexión con un electorado que le entregó el voto. En ello desconoce el esfuerzo de las personas con discapacidad que día a día luchan por adaptarse a una vida que le ofrece más dificultades que oportunidades. Quizás le moleste que Campillai haya sacado casi 5 veces más votos que ella, o que ella ha alcanzado su escaño sólo porque fue arrastrada por su lista.

Por último, decir que Renovación Nacional lleva años construyendo un discurso que mezcla mérito individual, esfuerzo propio y valores tradicionales, pero curiosamente, ha guardado silencio sobre los dichos de Flores, a pesar de insultar a quienes dicen representar. Como un “saludo a la bandera” el Senado derivó el caso a la Comisión de Ética, pero todos sabemos que de ahí no saldrá ni un castigo. Y da lo mismo, porque el problema real no es un episodio de malos modales entre colegas, el problema es que una representante de la República use el prejuicio de clase como argumento político. Los votantes de Valparaíso deberían preguntarse si la senadora los representa o sólo los necesita para mantener su puesto y privilegios. La que da pena es ella. Más bien desprecio.