La mistela: el brindis del 18 de septiembre de 1810 en Santiago de Chile
SANTIAGO, Chile – La mistela, uno de los secretos líquidos mejor guardados del patrimonio culinario chileno, revive su historia como pilar de la tradición republicana y de la identidad local. Este tradicional ensamblaje de mosto de uva fresco y aguardiente, que deleitó a las familias chilenas desde la época colonial, se posiciona hoy como un tesoro histórico que conecta el pasado agrícola del país con las tendencias actuales de valorización del origen.
A diferencia de los licores destilados comunes, la mistela destaca por su particular proceso de elaboración. En este, el alcohol se añade directamente al jugo de uva antes de que comience la fermentación, deteniendo el proceso de forma natural y conservando los azúcares y aromas primarios de la fruta.
La tradición cuenta que en varias casas señoriales de Santiago, la noche del martes 18 de septiembre de 1810, se realizaron diversos saraos, festejos acompañados de vihuela y canto, y la bebida que se utilizó para brindar por el acontecimiento fue la mistela, además de la aloja y vinos.
Históricamente, este brebaje ocupó un lugar de honor en los salones coloniales del siglo XVIII y XIX, siendo la bebida predilecta para agasajar a las visitas ilustres durante las tertulias. Su producción se arraigó con fuerza en las zonas rurales de los valles del Elqui, Limarí y el Maule, donde las familias adaptaron las recetas españolas utilizando las cepas locales, principalmente la uva Moscatel y la uva País. Con el tiempo, la receta original se enriqueció mediante la infusión de frutas locales, hierbas medicinales y especias, dando origen a variantes emblemáticas como la mistela de apio, de membrillo o de murta.
Durante el siglo XX, la llegada de nuevas tendencias de consumo global desplazó temporalmente a las mistelas hacia el ámbito de la producción artesanal y el consumo familiar en festividades campesinas. Sin embargo, en el escenario gastronómico actual, investigadores, historiadores y productores están rescatando este patrimonio líquido, reconociéndolo no solo como un producto de enorme valor cultural, sino también como un testimonio vivo de la adaptación y el sincretismo cultural en el Chile rural.

