Muchos ministros, pero no un solo gobierno | Víctor Maldonado R. | Opinión
La última oportunidad en que Kast produjo optimismo registrado en las encuestas fue la de su elección para el cargo. De allí en adelante lo que predomina es el desaliento. Eso quiere decir que en ninguna etapa de la gestión se han dado razones para que los ciudadanos recuperen el buen ánimo.
Se puede pensar que eso es extraño, dado que se ha tenido un éxito importante con la aprobación de la megarreforma, pero eso solo ratifica la constatación.
Ocurre que tampoco la mayoría ciudadana se entusiasmó con el principal proyecto presentado por esta administración. Se percibió claramente que beneficiaba a los sectores más acomodados, pero la promesa de que eso descendería en cascada a sus propios bolsillos fue un intento nada convincente.
Con el desempleo más alto de América Latina afectando principalmente a jóvenes y mujeres, lo más probable es que el ambiente de pesimismo se instale por todo lo que queda del año.
El actual gabinete parece pensado para un ambiente más grato y una prosperidad garantizada que no se produjo. Experimentando mayores restricciones a las esperadas, la idea de compartir la responsabilidad por el difícil momento no parece predominar en la actuación de varios ministros. La idea de comportarse como equipo no se incluyó en la descripción del cargo.
Los comentarios críticos de colegas o de la actuación del gobierno son más frecuentes que en las anteriores administraciones. Este es un dato clave. Lo que predominó en la constitución del actual Ejecutivo era la certidumbre de que se encabezaría un periodo de prosperidad, seguridad y confianza renovada.
¿Cómo no se iba a progresar si se tenían las recetas válidas para levantar un país? ¿Cómo no iba a imponerse la seguridad si llegaban los que no tenían temor de aplicar la mano dura? ¿Cómo no iba a mejorar la confianza si de la inexperiencia se llegaría a la administración de los que sabían hacer las cosas?
Lo que ha fallado en estos seis meses no es solo que el país se desilusionó de los que encubrieron su profundo desconocimiento del Estado, es también la autopercepción de no estar logrando traer mejores tiempos.
Cuando las expectativas no se cumplen, es la hora del temple y del auténtico carácter. En esa exigente prueba, esta administración está siendo reprobada.
Este es un gobierno que atravesó el 11 de septiembre como un amnésico. No puede decir lo que celebra ni explicar el significado que le atribuye sin provocar una enorme reacción contraria. Por eso calló. Y la debilidad que representa su silencio muestra lo limitado y efímero de su triunfo electoral.
Quien no puede decir lo que es, no puede explicar lo que quiere. Son clandestinos en el poder. No pueden actuar a rostro descubierto y no se puede dirigir al país usando pasamontañas. Por eso ganaron, pero no vencieron.
Esperaban validarse por sus resultados y eso no lo han logrado. De allí tanto individualismo predominante en sus filas. No es la unidad previa lo que les ha permitido presentar buenos resultados, era que se esperaba que los buenos resultados los llevaran a tener unidad interna y respaldo mayoritario. Nada de eso pasó. Puede que en el futuro remonte la economía y mejoren los resultados, pero el verdadero rostro de lo que es este gobierno lo estamos viendo ahora.

