AFP: la apuesta de los winners | Marcelo Trivelli | Opinión
Hay algo profundamente inmoral en jugar con el dinero ajeno, especialmente cuando representa los ahorros de toda una vida de trabajo que necesitan seguridad, no especulaciones financieras. Lo que hicieron fue como ir al casino y jugar con dinero prestado. Y lo peor es que fueron apatotados.
¿Cómo se explica que distintas administradoras hayan terminado exponiendo los ahorros de sus afiliados a riesgos semejantes? ¿Fue simplemente una coincidencia, una conducta de manada o existió algún grado de coordinación entre ellas?
Las multimillonarias pérdidas asociadas a las inversiones del Fondo E de las AFP dejan al descubierto un problema mucho más profundo: la degradación moral de una élite que ha convertido el enriquecimiento personal en su principal medida del éxito.
Mientras los ahorros previsionales quedan expuestos a las pérdidas, los ejecutivos siguen recibiendo millonarios sueldos, bonos y comisiones.
El problema no es solamente financiero. Es profundamente moral. Ya lo advertía Adam Smith, padre del capitalismo moderno: el mercado necesita fundamentos éticos.
En Chile hemos permitido que se consolide una cultura de winners, una casta que se cree por encima del bien y del mal mientras haya dinero de por medio. Es la cultura que retrata El lobo de Wall Street: la codicia convertida en virtud, la astucia confundida con inteligencia y el enriquecimiento elevado a la categoría de triunfo personal, sin importar sus consecuencias sobre los demás.
Los casos de colusión de las farmacias, del papel higiénico y tantos otros nos han demostrado que un país dominado por winners sin valores ni principios termina empobreciendo a toda la sociedad, aunque algunos de ellos se hagan millonarios. Por eso es tan importante investigar también si existió coordinación entre las AFP para seguir esta estrategia de inversiones.
Esta cultura de winners tiene consecuencias que trascienden el sistema previsional. Ha contribuido a destruir la confianza sobre la cual descansan la economía, la política y la sociedad. Sin confianza no hay inversión sostenida, emprendimiento ni esperanza compartida de progreso.
Chile enfrenta hoy una economía estancada, con meses de contracción de la actividad, una proyección de crecimiento cercana a cero para 2026 y un desempleo que se aproxima al millón de personas. Las pérdidas de los ahorros previsionales profundizan la desconfianza y amenazan con restringir aún más el consumo de las familias, agravando el estancamiento.
Y mientras miles de familias viven la angustia de perder su trabajo o no encontrar empleo, seguimos escuchando discursos económicos que reducen el progreso a balances, indicadores financieros y rentabilidades.
El presidente Kast y su ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, representan esa visión que valora a los winners: privilegiar los intereses del capital y depositan una confianza casi religiosa en los incentivos económicos, olvidando que detrás de cada decisión hay personas, familias y comunidades.
La economía no se recupera solamente con menores impuestos y menos regulación, ni la convivencia con buenas intenciones. Ambas necesitan reconstruir la confianza de toda la sociedad. Y esa confianza se destruye cuando quienes tienen más poder se sienten autorizados a actuar sin límites morales.
El Estado permitió las operaciones que hoy cuestionamos y tiene la obligación de investigar si existió coordinación entre las AFP. También debe exigir que transparenten quiénes tomaron las decisiones, qué remuneraciones e incentivos recibieron y cuánto ganaron los intermediarios financieros que participaron en ellas.
No basta con explicar que los mercados fluctúan. Se requiere asumir responsabilidades y compensar las pérdidas.
La verdadera riqueza de una nación no se mide solamente por su PIB ni por las utilidades de sus empresas. Se mide también por la confianza que une a sus ciudadanos, la fortaleza de sus vínculos y los valores que orientan las decisiones de quienes ejercen el poder.
Chile necesita recuperar la ética. Porque el dinero es un medio para el bienestar humano, no una justificación para atropellar a los demás.
Y porque los ahorros de toda una vida no son fichas de casino.

