La fortaleza no siempre hace ruido | Juan Pablo Guzmán Muzante | Opinión
Heracles —Hércules para los romanos— estaba acostumbrado a resolver los problemas utilizando su fuerza. Pero cuando enfrentó a la Hidra de Lerna descubrió algo inesperado: cada vez que cortaba una de sus cabezas, otras volvían a aparecer.
Golpear más fuerte no solucionaba el problema.
Tuvo que cambiar.
Con la ayuda de Yolao encontró una estrategia diferente y consiguió finalmente derrotarla. El héroe conocido por su fuerza necesitó algo más que fuerza.
La historia resulta especialmente útil para pensar en una expresión que utilizamos constantemente en el deporte: fortaleza mental.
Durante mucho tiempo la hemos asociado con aguantar. Jugar lesionado. No quejarse. No mostrar miedo. Seguir adelante sin importar las circunstancias.
Pero ser mentalmente fuerte es bastante más complejo. Podemos entender la fortaleza mental como un recurso psicológico orientado hacia objetivos, que permite responder de manera funcional y flexible ante las presiones, demandas y adversidades del deporte (Guzmán-Muzante et al., 2024).
La palabra clave es flexibilidad.
Porque no todas las dificultades requieren la misma respuesta.
Y la historia del fútbol ofrece buenos ejemplos.
Diferentes maneras de ser fuerte
En el Maracaná de 1950, Brasil se puso 1-0 sobre Uruguay frente a casi 174 mil personas que esperaban celebrar el título mundial.
El estadio explotó.
Entonces el capitán uruguayo Obdulio Varela tomó la pelota y demoró la reanudación. Más allá de cuánto influyera objetivamente aquella acción, la escena representa algo psicológicamente poderoso: mientras todo el entorno parecía decir que el partido estaba decidido, Varela necesitaba conseguir que sus compañeros interpretaran otra cosa.
Brasil había marcado.
Eso era un hecho.
Que Uruguay estuviera derrotado era una interpretación.
Uruguay terminó ganando 2-1.
A veces la fortaleza mental consiste precisamente en no permitir que el contexto decida por nosotros qué significa aquello que acaba de ocurrir.
Ocho años después apareció una forma completamente diferente.
Pelé tenía apenas 17 años cuando llegó al Mundial de Suecia de 1958. Incluso existieron dudas sobre si psicológicamente estaba preparado para semejante escenario. Terminó marcando seis goles, anotando en la final y convirtiéndose en campeón del mundo.
Su historia recuerda algo importante para quienes evaluamos deportistas: una evaluación puede entregarnos información valiosa, pero nunca debería transformarse en una sentencia acerca de lo que una persona será capaz de hacer.
Otro episodio famoso ocurrió en México 1970.
Franz Beckenbauer sufrió una lesión en el hombro durante la semifinal frente a Italia. Alemania ya no disponía de cambios. Le inmovilizaron el brazo y continuó jugando.
Durante muchos años imágenes como esa fueron prácticamente sinónimo de fortaleza mental.
El deportista fuerte aguanta. El fuerte juega con dolor. El fuerte nunca abandona.
Hoy debemos mirar esa idea con mayor cuidado. La capacidad para tolerar dolor puede ser extraordinaria, pero la fortaleza mental no debería convertirse en una justificación para esconder lesiones, ignorar señales de riesgo o considerar débil a quien solicita ayuda.
Tolerar más no siempre significa decidir mejor.
Fortaleza no significa invulnerabilidad
Diego Maradona ofrece otra enseñanza.
En México 1986 realizó una de las actuaciones individuales más extraordinarias que se recuerden en una Copa del Mundo. Era capitán, asumía responsabilidades, recibía golpes y volvía a pedir la pelota. Durante ese Mundial recibió 53 faltas, una cifra que ayuda a dimensionar las condiciones en las que competía.
Pero su historia completa también muestra algo fundamental:
una enorme fortaleza competitiva puede convivir con una enorme vulnerabilidad personal.
Rendir extraordinariamente bien bajo presión deportiva no convierte a nadie en invulnerable frente a todas las demás dificultades de la vida.
Fortaleza mental no es una armadura.
Roberto Baggio muestra otra expresión.
En la final del Mundial de 1994 falló el famoso penal frente a Brasil. Su imagen con la cabeza baja quedó asociada para siempre a aquella derrota.
Pero Baggio continuó jugando. Y continuó lanzando penales.
Ahí existe una forma de fortaleza que recibe menos atención: volver voluntariamente al lugar donde alguna vez fracasamos.
Recuperarse no significa olvidar.
Significa conseguir que el recuerdo del error no determine automáticamente nuestra próxima decisión.
Intensidad, persistencia y reconstrucción
En Chile, Arturo Vidal representa otra dimensión: la intensidad competitiva.
Presionar, disputar, correr, involucrarse. Durante los mejores años de la selección chilena, esa energía fue una parte evidente de su identidad.
Pero intensidad y fortaleza mental no son exactamente lo mismo.
La intensidad es un recurso extraordinario cuando está regulada. Hay momentos para acelerar y otros para contenerse. Ser fuerte no significa estar siempre en máxima activación, sino poner nuestra energía al servicio de lo que la situación necesita.
Cristiano Ronaldo representa algo diferente: la capacidad de sostener estándares extraordinarios durante décadas.
Pero su longevidad también muestra que persistir no consiste necesariamente en mantenerse igual. El extremo explosivo de sus primeros años tuvo que convertirse progresivamente en otro tipo de atacante.
Persistir también significa cambiar.
Lionel Messi ofrece quizá uno de los ejemplos más interesantes de reconstrucción.
Perdió la final del Mundial de 2014 y posteriormente las finales de Copa América de 2015 y 2016 frente a Chile. Después de esta última, incluso anunció que dejaba la selección argentina.
Pero volvió.
En 2021 ganó la Copa América y en 2022 levantó finalmente la Copa del Mundo.
Su historia cuestiona otra idea frecuente: que el deportista mentalmente fuerte nunca se quiebra.
Quizás no podamos hablar seriamente de resiliencia sin aceptar primero la posibilidad de la caída.
La fortaleza puede consistir precisamente en decir: “Esto me afectó profundamente y, aun así, he decidido volver”.
Y Luka Modrić representa una fortaleza mucho menos estridente.
Adaptarse durante años a equipos, entrenadores, funciones, compañeros y etapas diferentes de su carrera, manteniendo un liderazgo discreto y competitivo.
No toda fortaleza necesita hacer ruido.
No existe una sola manera de ser fuerte
Obdulio Varela no fue fuerte de la misma manera que Pelé. Pelé no como Beckenbauer. Beckenbauer no como Baggio. Baggio no como Vidal. Vidal no como Cristiano Ronaldo. Cristiano no como Messi. Y Modrić representa todavía otra expresión.
Ahí está precisamente el problema de imaginar al deportista mentalmente fuerte como una personalidad determinada: duro, agresivo, impasible, dominante, alguien que nunca duda y nunca necesita ayuda.
La realidad es bastante más interesante.
A veces ser fuerte significa regular emocionalmente a un equipo. Otras, rendir cuando nadie sabe todavía si estamos preparados.
Puede significar soportar una situación muy difícil, volver después del fracaso, canalizar nuestra intensidad, mantener estándares durante años, reconstruirnos después de querer abandonar o aceptar que necesitamos cambiar.
Por eso la fortaleza mental no es una pose.
Tampoco una medalla psicológica que alguien recibe para siempre.
Es un recurso que necesitamos movilizar frente a las demandas que encontramos en el camino.
Y precisamente porque esas demandas cambian, la fortaleza también necesita flexibilidad.
Heracles aprendió algo parecido frente a la Hidra.
El hombre más fuerte de Grecia descubrió que seguir utilizando únicamente su mayor fortaleza no era suficiente.
Tuvo que observar. Cambiar. Aceptar ayuda. Y encontrar otra respuesta.
Quizás allí exista una metáfora mucho mejor de la fortaleza mental que la del deportista que simplemente soporta todo.
Ser fuerte no consiste en resistir siempre.
Consiste en saber cuándo mantenerse firme y cuándo ser suficientemente flexible para no quebrarse.
Si desea leer el artículo completo, puede hacerlo en el siguiente enlace:https://juanpabloguzmanmuzante.com/blog/la-fortaleza-no-siempre-hace-ruido


