El costo de ser libres: cómo nos robaron la libertad (y cómo recuperarla) | Juan Salvador Miranda V. | Opinión

El costo de ser libres: cómo nos robaron la libertad (y cómo recuperarla) | Juan Salvador Miranda V. | Opinión

La pelea por lo que significa ser libres es una de las trampas ideológicas más pesadas que arrastramos hoy. Cuando la ultraderecha y los sectores neoconservadores se apropiaron del concepto, lo achicaron hasta dejarlo en una caricatura de mercado: la libertad convertida en capacidad de consumo, la ley del más fuerte disfrazada de meritocracia y la fe ciega en un libre mercado que, en los hechos, de libre no tiene nada y de concentrador tiene todo. Nos hicieron creer que ser libre es competir en una cancha inclinada, donde el Estado solo estorba si intenta poner freno a los abusos, pero es más que bienvenido cuando hay que salir al rescate de los grandes conglomerados.

Ese vaciamiento de la política tradicional —de una izquierda a menudo fría y enajenada, y de una derecha ciega ante la desigualdad real— dejó el terreno abonado para el descontento. Y es ahí donde empieza a girar la maquinaria del malestar actual.

Conceptos como el aceleracionismo, el tecnofeudalismo o la ilustración oscura no son solo términos académicos para manuales; son los engranajes de nuestro día a día. Vivimos bajo un tecnofeudalismo donde un puñado de plataformas digitales secuestra nuestras interacciones, nuestros datos y nuestra atención, reduciéndonos a siervos de servidores y algoritmos. El aceleracionismo, por su parte, pisa el acelerador del capitalismo hacia un vértigo constante donde todo se consume y se desecha al instante, devorando al individuo y destruyendo cualquier lazo de comunidad.

Frente a ese panorama de aislamiento y fatiga social, la posverdad y las noticias falsas funcionan a la vez como anestesia y como arma de destrucción masiva. Ya no se trata de discutir proyectos de país ni de convencer con argumentos, sino de tocar las teclas del miedo, el resentimiento y la simplificación para encerrarnos a todos en burbujas que no se comunican. La ultraderecha surfea esa ola como nadie porque sabe capitalizar la frustración real con el sistema, logrando que la rabia del ciudadano de a pie no apunte a los dueños del poder económico, sino al vecino de al lado, al migrante o al disidente.

Reconquistar la libertad nos obliga a dar la pelea desde las raíces. No hay libertad real sin dignidad material, sin redes de seguridad social, sin comunidad y sin capacidad de decisión frente a los poderes corporativos globales. Si seguimos aceptando que ser libre es poco más que tener un ticket de compra o el derecho a mirar para otro lado ante el dolor ajeno, lo único que haremos será profundizar el aislamiento y ponerle la lápida a la democracia.